El peor enemigo posible |
16 de abril 2026 - 07:15
La moderación es un valor, denostado por muchos, pero es ciertamente un valor. Permite ser un arrojado con cabeza, un valiente con prudencia y un ambicioso con límites. Ocurre que hoy es un concepto manoseado, del que se ha abusado, que ha sido empleado como disfraz de pastorcito para lobos tacticistas. La moderación en política es más necesaria que nunca en tiempos de botarates al mando de naves nodrizas. No es la clave del éxito, no es el santo grial y no es el vellocino de oro, es una actitud que permite, alcanzado el poder, convivir con todos, incluidos aquellos de los que no se ha recibido el voto. Cuando se está en el poder, sobre todo en una posición indiscutible, importa mucho que no se pierda el sentido de la moderación, pues es precisamente el que posibilita situarse en el centro, crecer, tener un discurso comprensible y asumible por quienes, a priori, no comparten las siglas de un partido concreto. La pérdida de la moderación es un fracaso que siempre conduce a la radicalidad. Donald Trump se ha empadronado en el monte cual cabra díscola y enloquecida. Disfruta humillando a la presidenta europea al hacerla acudir a su club privado de golf en Escocia, como si no hubiera sedes oficiales para celebrar la cumbre; disfruta con el servilismo del pelota secretario general de la OTAN, icono del perfecto político mediocre que ejerce de agradaor; y disfruta, cómo no, con una Europa descoordinada, sin líderes sólidos y con altura de miras, pues ya ni siquiera considera a la primera ministra italiana.
El insaciable Trump está dislocado, embravecido y sin nadie que le reconduzca hacia una moderación ajena a su estilo personal. Es un borracho pesado en la taberna del poder, cosa que, por cierto, no le sucedió de esta guisa en su primera etapa en la Casa Blanca. Pero ahora está tan embriagado que se ha metido directamente con la única autoridad moral que queda en el mundo: el Papa. No sabe Trump que la Iglesia es el peor enemigo, pues no solo los cuenta por siglos, argumento de cuñado en Nochebuena. Es la organización más antigua del mundo, ha superado los peores enemigos externos e internos, los cismas, los ataques, las traiciones, las crisis y todos los cambios sociales y morales. No se puede responder mejor que como ha hecho León XIV a las embestidas del bravucón de la Casa Blanca: "No le tengo miedo". No hay persona más "peligrosa" que la que se mueve por valores, no por metas terrenales; no hay peor enemigo que el que no tiene precio tasado, sino el objetivo de la paz, la justicia y la concordia. Olvida el embravecido Trump que la Iglesia es la única organización en el mundo que permite estar en su seno siendo de derechas, de izquierdas y de sus correspondientes derivaciones. De la Iglesia son el Opus Dei y las Juventudes Obreras Cristianas, Comunión y Liberación y Cristianos Socialistas. Ni Carlos V pudo con el Papa, ni Trump podrá. El borracho de poder sufrirá la peor resaca. Las victorias de la Iglesia se miden por los siglos, no cada cuatro años. Quizás el único logro de Trump ha sido que el Papa le responda, pero sin nombrarlo.
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