Última esperanza |
Esta semana el aire frío de Pamplona ha removido mis recuerdos del fin del mundo donde el sol se apaga. Los árboles desnudos, las nubes cargadas de frialdad que exprimen el cielo, esa sensación de que el mundo empieza a congelarse mientras suena un concierto de trinos de bellas voces de aves gorjeando. Caminaba por Puerto Natales, provincia de Última Esperanza al sur del sur, en Chile. Los nombres de esos lugares tienen que ver con las situaciones extremas que viven: Seno Obstrucción, Porvenir, Última Esperanza, Puerto del Hambre. El viento, el frío, han empujado a lo largo de los siglos a los seres humanos o a la desesperación o a un nuevo comienzo. La imaginación y el delirio llevaron a esas tierras a aventureros, exploradores, renegados que han sembrado esos lugares, esas pampas, o de fracasos o de resurrecciones. “Sólo está la Patagonia para mi inmensa tristeza”, escribió el francés Blaise Cendrans.
Todo allí es lejanía. Pero también proximidad, presencia. Todo lo que sobra, lo que pesa en las mochilas de las personas se debe abandonar, no sirve. Solo lo esencial sirve. La fisonomía de esos paisajes es una invitación a la desnudez y al despojo absoluto. Recuerdo que me llamó la atención que muchos turistas, muy de estos tiempos tan delirantes y urgentes, no tenían una relación contemplativa con el paisaje. Les costaba entender la........