Trump, Jesús y el Papa
Cuando murió el Papa Francisco y el mundo estaba pendiente del Colegio de Cardenales, que tenía que elegir a su sucesor, Donald Trump, que no soporta que la atención mundial se ocupe de algo que no sea él, publicó en sus redes sociales una imagen generada con inteligencia artificial en la que aparecía él mismo vestido de Papa y declaró que le gustaría que le nombraran para ese puesto. A muchos de sus seguidores les pareció divertido. Unos días más tarde, una multitud se reunió en la plaza de San Pedro para aclamar al nuevo Papa sin saber quién era, como sucede cada vez que termina un cónclave. Y apareció ante el mundo Robert Prevost, de Chicago, que tomó el nombre de León XIV. Esto no gustó al inquilino de la Casa Blanca. De pronto se encontraba con un compatriota al que le escuchaban muchos más millones de personas que a él. Ha pasado casi un año, y Trump se encuentra con la popularidad cayendo en picado a causa de la guerra de Irán y ha comprobado que no puede controlar al Papa como le hubiera gustado.
Ha vuelto a recurrir a la inteligencia artificial con una imagen, en esta ocasión abiertamente blasfema, en la que se ha representado a sí mismo caracterizado como Jesucristo sanando a un enfermo, bajo una perversión del cielo, donde en lugar de ángeles hay soldados armados en uniforme de combate y seres alados de aspecto intimidante. A pesar de su vida escandalosa y sus dudosos negocios, Donald Trump había conseguido presentarse ante sus seguidores como un defensor del cristianismo perseguido por la cultura liberal dominante. Prometió acabar con la discriminación positiva de los diferentes y devolver el orgullo a los defensores de lo tradicional que se traducía fundamentalmente en promocionar el dominio del hombre blanco en la sociedad y la familia. Un seguidor entusiasta de esta visión es el secretario de Defensa Pete Hegseth, quien desde que ha comenzado la guerra en Irán termina sus ruedas de prensa pidiendo oraciones por los soldados estadounidenses que despliegan una “violencia feroz” y una “máxima letalidad” “en el nombre de Jesucristo”.
El Papa León XIV enseguida dijo que no se puede utilizar el nombre de Cristo para justificar una guerra y que Dios no escucha las oraciones de quienes tienen las manos manchadas de sangre. Eso no sentó nada bien en Washington y hasta la portavoz de la Casa Blanca Karoline Leavitt se permitió enmendarle la plana al pontífice en lo referente al valor de la oración. Llegó la Semana Santa. Trump entró en una espiral de amenazas que culminaron con la de borrar del mapa a toda una civilización. Pero en el último momento se echó para atrás. En Roma, el Papa rezaba por la paz y junto a él miles de fieles. El sábado convocó una vigilia de oración que fue secundada en todo el mundo y en la que clamó: “¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra!” porque “la verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida”. León XIV no nombró a Trump en ningún momento, pero él se dio por aludido y respondió con furiosos ataques personales al pontífice. En el avión que le llevaba a Argelia el pasado lunes, León XIV pronunció unas palabras que muy pocos se han atrevido a decir cuando la Casa Blanca está a la escucha: “no tengo miedo a la Administración Trump”. Y añadió: “No tengo miedo de anunciar el mensaje del Evangelio”. Un mensaje que siempre ha sido de paz.
