Esa extraña manera de apoyar el euskera

Como era de prever, en el discurrir de la Korrika nadie ha exhibido nada del Alcoyano, ni banderas, ni bufandas, ni camisetas, ni nada. Por eso, como era de prever, al funambulismo del alcalde de Pamplona se le ha roto su alambre. "Es una carrera de apoyo al euskera por encima de todo. Creo que a todos y todas nos gustaría que fuera precisamente eso. Que luego pueda haber ahí gente que a título individual plantea sus reivindicaciones, me da lo mismo que sea a favor del Alcoyano o de apoyo a la agrupación de los presos. Las reivindicaciones que plantea cada uno en la Korrika, en la Plaza de Toros de Pamplona o en el estadio de El Sadar pertenecen a cada uno. Creo que me habéis entendido", señaló Joseba Asiron (EH Bildu) en la previa.

Ni un ¡gora Alcoyano! se ha escuchado donde sí se han mostrado fotografías y simbología de abrigo a etarras, incluso en la camiseta de un niño: al paso por la Txantrea pamplonesa, un menor portó el testigo de la Korrika en su mano y un retrato de Patxi Ruiz, asesino de Tomás Caballero, en su pecho. Un estudio llevado a cabo por investigadoras de la Universidad de Navarra ha concluido que sólo el siete por ciento de los alumnos de cuarto curso de la ESO sabe quién fue Miguel Ángel Blanco, ejecutado por ETA en 1997. El dato desazona pero, en lo que nos ocupa, la disyuntiva en la orilla contraria oscila de lo peor a lo que hiela las entrañas: que un niño desconozca que quien luce en su camiseta mató a otra persona o que, al contrario, pueda conocerlo bien. Junto al menor en cuestión corría un adulto al que patrocinaba el rostro de Alberto Viedma, condenado por el asesinato de Francisco Casanova y también por el de Caballero. 

Lo ocurrido en la Txantrea lo destapó Covite, colectivo de víctimas del terrorismo que ha fiscalizado la presencia indirecta -fotos- o directa de etarras en distintos puntos del recorrido por Navarra y Euskadi. La lista no es breve: además de Ruiz y Viedma, Beñat Aguinagalde, Asier Eceiza, Xabier Rey, Josu Zabala, Mikel San Sebastián, Xabier García Gaztelu ‘Txapote’; Irantzu, Orkatz y Lexuri Gallastegi; Aitor Cotano, Saioa Sánchez, Francisco Javier Gallaga, Balbino Sáenz, Mikel San Argimiro o Xabier Atristain. La lista de sus víctimas, únicamente las de vida segada, tampoco cabe en dos líneas: además de Tomás Caballero, Francisco Casanova y Miguel Ángel Blanco, Fernando Múgica, José Ignacio Iruretagoyena, Diego Armando Estacio, Carlos Alonso Palate, Manuel Zamarreño, Isaías Carrasco, Iñaxio Uria, Gregorio Ordóñez, Francisco Arratibel, Fernando Buesa, Jorge Díez, Javier Gómez Elósegui, José Luis Caso, José María Lidón, Juan Manuel Piñuel Villalón, Alfonso Morcillo, Domingo Puente Marín, Miguel Ángel Ayllon Díaz González, Raúl Centeno Bayón, Fernando Trapero Blázquez, Irene Fernández Perera o José Ángel de Jesús Encinas.

Las víctimas de ETA no se merecen su humillante revictimización con lo que acontece impunemente en algunos momentos de la Korrika. Por otro lado, la propia Korrika no se merece una Korrika así. Tarda la organización, AEK, en condenar los momentos de gloria para terroristas, aunque hay que preguntarse antes por qué año tras año los ha ido consintiendo. Y tarda en actuar no porque el Gobierno de Navarra le reclame acciones o porque una mayoría en el Ayuntamiento de Pamplona -UPN, PSN y PP- haya aprobado no financiar la carrera si no hay condena, sino porque el objeto de apoyar el euskera, al que miles de personas se suman, queda desdibujado e instrumentalizado. La Korrika se enfrenta al hecho de que cada vez sean más quienes se calcen las zapatillas y acaben renunciando a ellas, incómodos por la minoría que más grita y más se quiere hacer notar.


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