"Poco después me preguntaba pesarosa cómo es posible que en estos tiempos todavía sigan los hombres tratando sus diferencias con crueles guerras"

Intrigada me tenían las plantitas que iba viendo crecer en las jardineras de Carlos III, en esas redondas que preside un árbol desde el centro. Y me alegró ver que nuestros jardineros, como yo, se habían percatado de que estaban tristonas, sin color, porque algo les faltaba y puestos manos a la obra lo han solucionado. Sin dejar de observarlo he visto surgir y crecer el verdor que le faltaba a la superficie terrosa de esos lugares, tratando de adivinar qué flor terminaría de embellecerlo. Al fin, lo supe: son narcisos amarillos que ya empiezan a inclinarse. Por vanidad, dicen algunos, pero de poco va a servirles si allí no hay agua que les sirva de espejo para que puedan cerciorarse de lo bellos que son. Mira que si en vez de presunción lo que muestran es humildad... he reflexionado más de una vez. Pero sea como fuere, la avenida ha mejorado mucho y eso alegra a cualquiera. 

Sin embargo, ya en casa y frente al televisor a la hora de las noticias, me inundó la tristeza al ver que otras personas, en un país lejano, también habían descubierto algo en el suelo de un lugar por donde seguramente circulan a diario: un misil lanzado por otro país enemigo. Tal vez al verlo no sabían qué era aquel artefacto y se lo han preguntado unos a otros hasta convencerse de que no eran flores lo que había tomado posesión de su tierra, porque no suelen crecer narcisos entre las ruinas de viviendas destrozadas, para que gentes más afortunadas los contemplen placenteramente, como yo, que poco después me preguntaba pesarosa cómo es posible que en estos tiempos todavía sigan los hombres tratando sus diferencias con crueles guerras, y no sentados alrededor de una mesa como verdaderos seres humanos. Una mesa que para más grato entendimiento bien podía estar adornada por un jarrón de vanidosos o humildes narcisos amarillos como los de la avenida de Carlos III.


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