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El bolseo, una pataleta de la Mancomunidad

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09.04.2026

Dando una vuelta esta Semana Santa por la costa catalana y hablando con algún lugareño, he descubierto que hay municipios en los que ya han reculado en los desastrosos experimentos de mini-contenedores urbanos con mini-boca y utilizables sólo con tarjeta. Se hizo el mismo experimento que hizo la Mancomunidad, pero les salió rana. El rebote ciudadano ha debido de ser tal que ahora cuentan con contenedores incluso más grandes y cómodos que los de hace cinco años. Resulta que allí la ciudadanía se rebeló y, como consecuencia, han obtenido contenedores de mayor capacidad, con bocas amplias y sin barreras tecnológicas, priorizando la usabilidad y la confianza en el ciudadano frente a la vigilancia orwelliana y castigadora. Y, oiga, resulta que la gente vuelve a ser cívica y limpia.

Lamento discrepar con mi admirado Dulanz, columnista de este diario, cuando apoya la instalación de ese “monumento al bolseo” que ha plantado la Mancomunidad en la Plaza de la Cruz a modo de escarnio al ciudadano “maleducado”. En mi opinión, lo infantil es plantar un cubo con basura en medio de nuestros espacios públicos para quejarse ante el ciudadano. Parece que nos gritan: “si no metes la basura como yo te digo, te la meto en tu plaza”. Muy bonito y educativo: si el nene no quiere taza, taza y media. Esto es el mundo al revés: administraciones enrabietadas que se quejan del comportamiento del ciudadano, en lugar de escucharlo. Porque la Mancomunidad, en su infinita sabiduría, quiere educar a sus cavernícolas ciudadanos que vienen de la cueva.

Pagamos nuestros impuestos, compramos bolsas y cubos para separar en nuestras casas, nos acercamos al contenedor llueva, nieve o granice; saltamos la acera para depositar nuestros residuos en ellos, aunque nos los alejen tres metros de las aceras y tengamos que tropezar con los bordillos (ay de las personas mayores). Nos plantamos ante el contenedor “inteligente”, rebuscamos la tarjeta o la aplicación del móvil mientras tenemos la basura en nuestras manos; esperamos a que el dichoso dispositivo tenga a bien abrirse y a que la bolsa quepa por el agujero, y a que se abra, a su ritmo, la tapa y quede luego bien cerrada, no sea que nos atribuyan después la basura incorrecta del vecino (es que nos multan, oiga).

Los ciudadanos antes no dejábamos bolsas fuera. Antes, las bolsas cabían en los contenedores: eran el triple de grandes y con una boca inmensa para depositar la basura. ¿Somos ahora más cochinos que antes?

Atribuir a los ciudadanos una supuesta falta de civismo resulta, cuando menos, simplista. La realidad cotidiana apunta en otra dirección: un modelo objetivamente más incómodo, menos eficiente y, en demasiadas ocasiones, fallido. Los nuevos contenedores han reducido de forma insultante su capacidad, con bocas de depósito sensiblemente más estrechas y exigen un sistema de apertura electrónica que falla con demasiada frecuencia [...]. Cuando un sistema falla de forma reiterada, lo justo no es responsabilizar al usuario, sino revisar con honestidad su diseño y su gestión.


© Diario de Navarra