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"Aunque la guerra se limite a semanas, Irán puede entrar en una dinámica caótica que altere aún más el siempre precario equilibrio de Oriente Medio"

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05.03.2026

Nada asusta más en Oriente Medio que la incertidumbre que genera el caos ante lo impredecible. Y pocos países como Irán son capaces de provocar una inestabilidad desmedida que acaba afectando a toda la región y, en última instancia, al mundo. Tras la muerte del líder supremo de la Revolución Islámica, el ayatolá Alí Jameneí, y de buena parte de la cúpula militar iraní, el país ha entrado en una frenética dinámica para extender a toda la región la guerra iniciada el pasado sábado. Con el estrecho de Ormuz cerrado al tráfico marítimo -por donde pasa cerca del 20% del petróleo que se consume en el mundo- y los misiles y drones cruzando el cielo de Oriente Medio, el pánico se ha apoderado de los mercados bursátiles ante una contienda que amenaza con prolongarse. Los efectos de la guerra son ya globales. Con el precio del petróleo y del gas natural al alza y el espacio aéreo del Golfo Pérsico bloqueado, la angustia se ha instalado en toda la región. En cualquier momento puede caer un misil o un dron en Irán, Israel, Líbano o los países del Golfo. Hasta las empresas españolas sienten la inquietud ante la amenaza de Donald Trump de imponer un embargo comercial a España después de que Pedro Sánchez haya rechazado que Estados Unidos utilice las bases militares conjuntas de Morón, Rota y Zaragoza como apoyo logístico a la guerra. Sánchez se ha quedado prácticamente solo en la Unión Europea con su “No a la guerra”, una posición que puede aislar aún más a España en la escena internacional al enfrentarse de manera osada y temeraria a Trump. 

El gobierno de Israel es el principal instigador de esta guerra con la intención declarada de acabar con el régimen de la República Islámica instaurado por el ayatolá Jomeini en 1979. Su sucesor, Alí Jameneí, ha sido durante más de tres décadas el verdadero arquitecto de la autocracia islámica iraní, gobernando desde 1989 con una obsesión permanente: destruir a Israel, enfrentarse al “Gran Satán” -EE.UU- y lograr la bomba atómica. Mientras Jameneí mantenía una férrea política islamista y antioccidental sin permitir la mínima disidencia interna, Irán ha entrenado y armado a diversas milicias en la región -Hezbollah en el Líbano, Hamás en Gaza o los hutíes en Yemen- con el objetivo de socavar el poder de Israel. La pretensión de Trump de forzar un cambio de régimen en Irán parece muy alejada de la realidad. No existe una oposición organizada y cualquiera de las facciones del poder iraní -desde la Guardia Revolucionaria hasta los clérigos más conservadores- puede hacerse con el control del país con un rumbo totalmente incierto. 

El objetivo inmediato de Irán es resistir y sobrevivir al bombardeo incesante de EE.UU e Israel. Al mismo tiempo, intenta ampliar el conflicto a toda la región utilizando miles de drones, un arma que ha demostrado ser tremendamente eficaz. Cuanto mayor sea el impacto económico de la guerra en EE.UU, más probable será que Trump se vea obligado a recular y reduzca su apoyo inquebrantable a Israel. Ha comenzado ya a sentir la presión de Wall Street y dentro del movimiento MAGA empiezan a escucharse voces críticas contra una contienda que muchos consideran dirige Netanyahu. Lo verdaderamente inquietante es que, aunque la guerra se limite a unas pocas semanas, el avispero iraní ha sido sacudido de una forma profundamente perturbadora sin que se vislumbre la tan deseada estabilidad. Todo lo contrario: Irán puede entrar en una dinámica caótica que altere aún más el siempre precario equilibrio de Oriente Medio.


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