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Un elefante descontrolado en el despacho oval

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20.03.2026

Opinión | Escrito sin red

Un elefante descontrolado en el despacho oval

El presidente de EEUU, Donald Trump, en declaraciones desde el Despacho Oval junto a la primera ministra de Japón. / Aaron Schwartz / EFE

Fue el historiador y político canadiense Michael Ignatieff el que describió a Trump como «el elefante fuera de control», aludiendo a su condición de líder del partido republicano que auspicia un periodo radical y de venganza que amenaza la democracia global y el orden institucional; como cuando animó a sus partidarios a manifestarse contra la proclamación de Biden como presidente ante el Capitolio en enero de 2020 y cuando los indultó en 2025 por el asalto. Trump dirige la potencia hegemónica depredadora más poderosa. Las otras dos, contrarias, son China y Rusia, con las que busca acuerdos mientras sacrifica la seguridad de sus aliados como Ucrania y Europa. Se disputan el control del mundo siendo EE UU la que de forma más brutal ha planteado sus ambiciones expansionistas y de dominio: Canadá, Groenlandia, aranceles a todo el mundo y desprecio a la UE. Por supuesto reivindicando la doctrina Monroe (Donroe), monitorizando Venezuela, amenazando Colombia y asfixiando a Cuba. La diferencia más notoria respecto a la situación actual fueron las resoluciones de Yalta entre Roosevelt y Stalin (Churchill fue un convidado de piedra), entre EE UU y la Unión Soviética, es que dividieron el mundo en áreas de influencia que posibilitaron la democracia en Europa occidental y condenaron a la oriental a regímenes totalitarios dependientes de Moscú. Se inauguró la Guerra Fría pero no hubo colisión gracias al nuevo orden internacional que se plasmó en la ONU y su Consejo de Seguridad, en el que las grandes potencias tenían derecho de veto. Ahora, las grandes potencias, EE UU y Rusia desprecian el viejo orden y persiguen la vocación imperial. EE UU en América, Rusia invadiendo Ucrania y amenazando los países bálticos y Polonia. La China comunista de capitalismo de Estado aguarda la ocasión propicia para hacerse con Taiwán.

Trump tomó la iniciativa con Israel de bombardear Irán en junio de 2025 con la excusa de frenar su programa nuclear. Entonces se nos dijo que la iniciativa fue exitosa. Sin embargo, ocho meses después, el 28 de febrero, y después de la represión del régimen de Irán sobre las manifestaciones en su contra en la que medios solventes informan de decenas de miles de asesinados, inició otra campaña de bombardeos con Israel con el mismo argumento del peligro de fabricar la bomba atómica con uranio enriquecido al 60%, que se dijo en junio que había quedado conjurado. Ahora el propósito del ataque era derogar el régimen. Para ello se diseñó una operación de decapitación bajo el auspicio de Trump de una guerra corta, de apenas unas semanas. Supimos que Trump había cambiado a sus jefes de Estado mayor que le habían desaconsejado la operación e impuesto a generales afectos a su figura. La advertencia de los cesados era clara. Como la historia enseñaba, no se puede derrotar a una nación enemiga con bombardeos. Pasó en la IIGM en Alemania. La rendición de Japón resultó de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Con bombardeos como los de Alemania, Japón habría luchado hasta el final. En Vietnam EE UU ganó todas las batallas y bombardeó el norte, pero perdió la guerra. Para derrotar a un régimen hay que emplear tropas sobre el terreno, como se comprobó en Irak. La decisión de Trump, ebrio de arrogancia, incompetencia e ignorancia, de bombardear masivamente Irán, al alimón con Israel, sin consultar a ninguno de sus aliados, fue un error monumental. Afirmó que la guerra estaba ganada. Mató a Jamenei, pero el régimen sigue en pie, para su desesperación, eligiendo nuevo líder y bombardeando con misiles los Estados del Golfo Pérsico, Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos árabes, Bahréin, Dubái, y amenazando las potabilizadoras como revancha por los ataques israelíes a las suyas. En el mismo discurso dice que no va a durar nada, que casi está finiquitada y promete que en dos semanas o un poco más la guerra estará terminada; secundado por este miniTrump secretario de Guerra, Pete Hegseth, otro atolondrado petimetre belicista, inculto y chuleta. Pero Irán resiste y ha cerrado el estrecho de Ormuz para todos los petroleros de países contrarios al régimen contraatacando con sus consecuencias inmediatas: elevación de los precios energéticos, inflación e inestabilidad política en el mundo. Trump pretende dar la guerra por acabada y un alto el fuego que le permita salir del avispero; pero Irán dice, para su desesperación que serán ellos los que decidan cuándo darla por terminada. Y que van a resistir. Trump, sobrepasado, con la credibilidad socavada por el régimen de los ayatolás, pide ayuda para abrir Ormuz a los socios de la OTAN a quienes ha ignorado y despreciado. Va a ser que no, dicen ellos. La OTAN es una alianza defensiva, no intervencionista. Trump, el belicista que se escaqueó del servicio militar con trampas, amenaza de nuevo: «Esto será muy malo para la OTAN». Audaz, sí. Pero, decía Gracián, «la necedad siempre entra de rondón, que todos los necios son audaces», como su némesis española.

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Trump, eso sí, nos ha obsequiado con imágenes espléndidas. Una de ellas fue cuando el atentado del que salió vivo, alzando el puño y gritando «¡fight! ¡fight! ¡fight!» rodeado por los hombres de negro del servicio secreto con gafas oscuras y bajo la protección cenital de las barras y las estrellas. Dijo que había salvado la vida protegido por Dios. Todas las palabras son pocas para describir la trascendencia de este hombre providencial para salvar al mundo. Desde la gloria militar, hasta se permite despreciar el Nobel de la paz antes tan ansiado. La otra imagen viral ha sido la oración con líderes evangélicos en el despacho oval, todos ellos de pie en semicírculo, rodeándole a él, sentado a su mesa presidencial, imponiéndole las manos sobre los hombros, con las suyas entrelazadas en posición de plegaria, escoltado por un cazabombardero de sobremesa, invocando a Dios: «In God We Trust». Es imposible separar de forma estricta la religión con la magia, aunque esta última siempre ha sido condenada por la primera. ¿Cómo no puede dejar de ser considerada como magia, divina, la transformación sacerdotal del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo? La escena se corresponde de forma casi milimétrica con la invocación a los espíritus ocultos por el brujo de la tribu ante los guerreros prestos a la lucha contra sus enemigos. Jesucristo contra Mahoma, Dios contra Alá. De esta confrontación no puede salir nada bueno. Que Dios nos coja confesados.

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