La locura se vuelve en contra de Trump |
La locura se vuelve en contra de Trump
Nixon concibió la doctrina del gobernante que se gana el respeto por su aparente desquiciamiento, pero los ayatolás han demostrado estar más locos que su sucesor en la Casa Blanca
Trump califica la guerra en Irán como una "pequeña intervención" que está por terminar
Jesús Quintero se despidió del programa radiofónico que le mitificó con un memorable «si yo no soy ‘El loco de la colina’, me falta muy poquito». La incertidumbre diagnóstica se agudiza en Donald Trump pero, al margen de la asignación de su locura, la ha utilizado como el instrumento casi único de su gestión política. Y al igual que su estilo desacomplejado de «soy antes que nada un hombre de negocios» fue inaugurado por Silvio Berlusconi, también sus intimaciones de demencia se remontan a uno de sus más célebres predecesores en la Casa Blanca.
Richard Nixon concibió la doctrina del ‘Madman’, el gobernante presuntamente enloquecido que se gana el respeto de sus enemigos por el miedo a que ponga en práctica sus propuestas irracionales. El entonces presidente americano empleó este recurso al amenazar al Vietcong con el lanzamiento de la bomba atómica. El resultado consistió en que los estadounidenses salieron huyendo de Saigón, porque la teoría de marcarse un farol no suele funcionar contra quienes no tienen nada que perder.
La doctrina del ‘Hombre Loco’ le funcionó a Trump durante su primer mandato. Perros de la guerra como Netanyahu o Putin veían capaz al recién llegado de ejecutar sus fanfarronadas, por lo que se guardaron de invadir territorios ajenos entre 2016 y 2020. La ocupación de Crimea se fecha en 2014, con el sensato Obama en la Casa Blanca, y el ruso intenta zamparse Ucrania entera al detectar tal vez la debilidad intrínseca de un hombre cuerdo llamado Joe Biden.
De hecho, Trump lanzó su tercer asalto a la Casa Blanca en 2024 presumiendo del miedo que inspiraba a los invasores de países vecinos. Dos años después, es un actor anciano que ha agotado su repertorio de trucos. Incluso le copió a Nixon el número de amagar con la bomba atómica, bajo la lítote de que «no utilizaremos armas nucleares en Irán». Esta amenaza en negativo desató una oleada de clics, pero no el pánico pretendido.
Qué mundo, en el que hasta Trump tiene que demostrar que su locura es real. Al prometer el fin de la milenaria civilización persa y, a continuación, sentarse a negociar con los iraníes, arruinó cualquier posibilidad de que su demencia tuviera repercusiones geopolíticas. Tiene que ser decepcionante que el planeta no lo considere lo suficientemente peligroso, relegándolo a la condición de exaltado tertuliano.
Los ayatolás han superado en locura a Trump, y le han aguantado el envite sin pestañear pese a la carnicería sufrida. Al calificar a los clérigos iraníes de «bastardos chiflados», el presidente americano los estaba denunciando en realidad por intrusismo profesional. Si se suma la polémica con León XIV, excepcionalmente guiada por un Pontífice racionalista y nada vesánico según corresponde a su formación matemática, queda claro que al magnate laico se le atragantan los líderes religiosos. El desinterés por las inmensas riquezas de este mundo arranca al trumpismo de su zona de confort.
Trump ha trasladado las relaciones internacionales al reino de la Geopsicología. Su sometimiento a Netanyahu requiere también de valoraciones sentimentales, la fascinación del cobarde por un antiguo miembro de los comandos especiales israelíes. Por eso, el crédulo presidente americano se negó a presidir la Situation Room, y se sentó de igual a igual frente al rey de Judea, que le embaucaba en febrero con un levantamiento en las calles de la bombardeada Teherán que todavía no se ha producido.
El mandato de Trump también tendrá fin, aunque hoy parezca interminable por abrumador. El Hombre Loco tiene que haber temblado a la fuerza con la caída de Hungría, porque significa que ha perdido su toque mágico. Hasta el punto de que fue infructuosa su conexión en directo desde la casa Blanca con un mitin de J.D. Vance en Hungría. «Presidente, es usted más querido aquí que el propio Orbán», gritó el vicepresidente ante un a muchedumbre estupefacta por la desconsideración sufrida a domicilio.
Es sugerente imaginar las disculpas que improvisarán los cortesanos, cuando Trump se acabe. Como todos los siervos voluntarios y tontos útiles de las dictaduras, el círculo íntimo deberá justificar que no interceptara a tiempo las ideas dementes de su líder. De hecho, ya existe una pujante industria de damnificados de la primera Administración trumpista. Está capitaneada por John Bolton, antiguo asesor de seguridad nacional.
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L’art de la discussió
Los biógrafos más crueles de la Casa Blanca vigente serán el propio J.D. Vance, Marco Rubio o Pam Bondi, todos ellos en franca contradicción con sus actuales manifiestos de adhesión. Competirán por transformarse en las víctimas maltratadas por un jefe habitado de irracionalidad. Mientras tanto, el verdadero impacto del discurso actual de Trump no debe medirse por el impacto en sus adversarios, sino por el efecto entre los adictos de la contrarrevolución. Porque los ataques merecidos al presidente de Estados Unidos deben ser aderezados con la sospecha racional de que milita en el ala más moderada de MAGA. No puede descartarse que Trump sea el menos loco de los trumpistas.
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