Habitar la luna

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Un paisano mío será «nuestro hombre en la luna», como él mismo se definió el otro día al presentar el proyecto de la NASA para crear una base permanente en el satélite al que tanto miramos, aunque la luna no sabe que la miramos y también «ignora que es tranquila y clara/ y ni siquiera sabe que es la luna», como nos enseñó Borges.

Juan Ramón Jiménez decía que «si no existiera la luna, no sé qué sería de los soñadores, pues de tal modo entra el rayo de luna en el alma triste que, aunque la apena más, la inunda de consuelo: un consuelo lleno de lágrimas, como la luna». Es evidente que el satélite ha inspirado siempre mucho. Su simbolismo es amplio y complejo. Desde el principio, el hombre percibió la relación existente entre la luna y las mareas y la aún más extraña conexión entre esta y el ciclo fisiológico de la mujer (de hecho, la palabra menstruación viene del griego menses, que significa «luna»), lo que la hará devenir en una serie de deidades femeninas (en contraposición con las masculinas, más solares). Por otro lado, durante siglos, se creyó que las almas de los difuntos iban a la luna, donde vivían una segunda vida y sufrían una segunda muerte, como aseguraba Plutarco, y todavía en la mitología brahmánica se sigue creyendo que es en la luna donde habitan las almas de los difuntos.

La historia de la Humanidad es también la historia de su fascinación por el satélite, por su misterio, por su influjo. Juan Eduardo Cirlot, en el célebre Diccionario de signos, señala que «otro componente significativo de la luna es el que dimana del tono lívido de su luz y del modo como muestra, semivelándolos, los objetos. Por eso, la luna se asocia a la imaginación y a la fantasía, como reino intermedio entre la negación de la vida espiritual y el sol fulgurante de la intuición».

Tenía razón Cirlot. La luna emana una luz como de jazmines, una claridad aromática y sensual. Como una incitación a los sentidos, invita a dejarse llevar y recorrer de su mano la sombra dulce del placer. La luna es acuática y femenina, con una ternura de flor. Su luz tiene un toque frío y sedoso, como la piel de un reptil que deambula sinuoso y frágil y va hilando su sutil lienzo nocturno. Siempre envuelta en un halo enigmático, en la bruma de lo desconocido, de lo meramente intuido, quién no querría consumir alguna de sus noches mirándola, intentando desentrañar su enigma, procurando acercarse, siquiera mínimamente, a lo que esconde, como hacemos todos, en su cara oculta.

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Y todo eso se va a perder cuando se construyan allí unos adosados de la NASA. La luna ya no será una quimera, será una urbanización. Qué pena. Los misterios hay que dejarlos quietos, son mejores si nos dejan seguir soñándolos.

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