Esta primavera |
Trump y Netanyahu. / Daniel Torok / Daniel Torok/White House/dpa
Dicen que desde ayer es primavera, que se sabe porque unas veces imita al verano y otras se parece al otoño, según los vientos, según las horas. Porque insiste alguna mañana en la lluvia y porque termina las tardes haciendo tiritar el aire. Que tiene las manos azules, la piel como la voz del pozo, y que su nombre es como el del mar, que se puede oler desde la ventana.
Ahora, ahora mismo, la primavera está llegando en medio de guerras, en mitad del miedo. Quizá por eso parezca aterida, quizás estos sean los días terminales y esta primavera pesimista, algo triste y desangelada, sea la última de las primaveras, como empiezan a predecir los augures, los profetas del fin. Si así lo fuese tampoco importaría demasiado. La buganvilla permanece ahí, alzando su púrpura hacia la luz, los vencejos cubren la tarde con sus elevadas geometrías, y el aire aún rehíla, azul, al nacer el día. No conviene tener miedo. Ningún fin puede ser el fin si no es el fin de la belleza.
Es mejor mirar por la ventana, dejar que la mirada emigre al sur y trata de encontrar un hueco para escribir de alguna cosa que no sea la guerra y quienes la provocan. Buscar adjetivos que no suenen a misiles, a llanto, a muerte, olvidarse por un rato, por ese rato que usted dedica al café de la mañana y a leer esta columna en el periódico, de Trump y Netanyahu.
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Y aunque proso estas líneas siendo invierno aún, la última mañana del invierno oficial, del invierno que imponen los calendarios, sé que cuando alguien lea esto será ya primavera y acaso habrá un motivo para la esperanza, una posibilidad, más bien un deseo, un voraz deseo, de que dejen de caer las bombas asesinas, la muerte temprana de niños que quizás ya no lloran, de sus madres que quizás ya no claman, de los perros que quizás ya no aúllan. Quizás sea momento de pensar siquiera sea por unos minutos solo en la primavera, ahora, ahora mismo, pararlo todo, parar el mundo y su ambición y dejarse llevar por la lectura, por la voz dulce de la mañana, tomarnos un rato para ir hasta la playa a encontrar el calor conservado por la arena, la pereza insondable de la ola, la luminosa felicidad del olvido… Para darnos cuenta de que en la brillante cadencia de los últimos días de marzo se mece, lento, el triste olor del tiempo. De echar la vista al cielo y percatarse de que han vuelto los vencejos, esos pajarillos que no saben volar despacio, que van sobre el tiempo, azulmente, trayendo entre sus alas el camino hacia el verano.
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