En deuda con ellas
Era una charla alrededor de Carmen Martín Gaite, uno de los numerosos encuentros que, con motivo del centenario de su nacimiento, celebrado el año pasado, se han organizado para recordarla y leerla de nuevo, ya que el significado etimológico del verbo recordar es «volver a pasar por el corazón» y el acto de leer permite ejercitar ese músculo tanto como el de enamorarse. Estábamos llegando al final de la conversación, que había empezado con la periodista Laura Barrachina presentándome como Inés Martín Gaite, un desliz involuntario debido a la coincidencia de nuestro primer apellido y al hecho de que ambas firmamos nuestros libros con los dos, decisión que en mi caso busca honrar a mi madre. Barrachina me había descrito, además, como «heredera de Martín Gaite», una consideración que, desde la complicidad personal y profesional que nos une, yo rechacé, pues no puedo situarme a su misma altura literaria, y no es falsa modestia, sino la clara conciencia de que acabo de empezar, aunque hayan transcurrido diez años ya de la publicación de mi primera novela, y tengo que cometer todavía numerosos errores, aprender de ellos, ir creciendo, también con los fracasos. Sí soy, le argumenté, «deudora de Martín Gaite», es decir, la debo mucho de lo que soy como escritora, a ella y a todas las mujeres que se atrevieron a escribir entonces, en una España oscura y siniestra, y gracias a las que ahora nosotras podemos hacerlo en absoluta libertad. Pero quería detenerme, como digo, en la parte final del acto, durante el que compartí reflexiones con el profesor José Teruel, autor de Carmen Martín Gaite: Una biografía, obra que desgrana meticulosamente la ligazón de su vida con su escritura. Fue algo que dijo, un análisis que hasta ese momento no le había escuchado a nadie y que me pareció muy acertado. Teruel aseguró, después de que yo hablara de esa genealogía de escritoras de las que me siento deudora, no heredera, que resulta llamativo cómo las autoras nunca hemos necesitado matar a la madre, algo que en el caso de los autores se da siempre, han de liberarse de cualquier autoridad narrativa que ejerza sobre ellos la más mínima sombra de competencia, les cuesta reconocer la posible influencia de un narrador contemporáneo, recurren siempre a novelistas clásicos, todos muertos. Es cierto, pensé al escucharle, tiene razón, y me acordé de una fotografía que me encanta, en la que aparecen Carmen Martín Gaite, Ana María Matute y Josefina Aldecoa. La hizo Chema Conesa en 1996 en un pasillo del Colegio Estilo, centro inspirado en los principios de la Institución Libre de Enseñanza que Aldecoa fundó en Madrid en 1959 y permaneció abierto hasta 2019. La causalidad ha querido que este 8 de marzo se cumplan cien años del nacimiento de Aldecoa, que en La distancia dejó para la posteridad unas palabras que hoy hago yo mías: «Confieso que una novela escrita por una mujer, una novela digna, despierta siempre mi interés como lectora. Quiero ver cómo nos vemos a nosotras mismas. Quiero comprobar que la autora tiene puntos de contacto conmigo o que me descubre aspectos inéditos de lo femenino». Sigamos leyéndonos, conociéndonos a través de otras, seamos dignas deudoras de las que nos enseñaron a escribir.
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