Los rostros del rastro
Los rostros del rastro
El evento dominical es una pacífica amalgama de idiomas, reflejo de la Mallorca moderna. Callejeando escuchas el castellano, el mallorquín, las hablas del Magreb y el alemán
Los rostros del rastro / Ingimage
Llevo tres domingos por la mañana haciendo una escapada al Rastro de Consell, un mosaico de rostros, algunos castigados por la vida, pero empeñados en salir adelante. Otros, pletóricos y felices.
Varias cosas me han llamado la atención de este abigarrado mercadillo, donde se mezclan personas de distinta condición unidas, unas, por el afán de vender algo, y otras, por el gusto de curiosear y de encontrar algún chollo.
Hay vendedores potentes: anticuarios, especialistas en coleccionismos y del sector de la restauración. Sin embargo, entre los ofertantes se observan algunas almas con un duro pasado, un presente precario y un futuro tenebroso. Trapichean con lo que pueden, cosas aparentemente inservibles, quizás salvadas de la basura y esperando el milagro de que alguien se fije en ellas.
En las paradas también hay clases. Algunas son pequeñas tiendas al aire libre; sus mercancías se exhiben ordenadas sobre mesas y estanterías. Por el contrario, infinidad de puestos tienen como mostrador el inhóspito suelo del polígono y los cachivaches aparecen esparcidos como si hubiese pasado un terremoto sobre ellos.
Otros mercaderes apenas disponen de una mesita de playa y una sillita para mostrar su minúscula oferta.
En algunas zonas el paisaje parece sacado de un zoco del Norte de África. Algunos magrebís explotan puestos en el baratillo y crean una extraña algarabía. Se mueven mucho, hablan entre ellos, siempre están activos y de pie. Hay también comerciantes autóctonos que suelen permanecer sentados en sillas de más lustre, en espera de alguna consulta del público.
El evento dominical es una pacífica amalgama de idiomas, reflejo de la Mallorca moderna. Callejeando escuchas el castellano, el mallorquín, las hablas del Magreb y el alemán. Si afinas más el oído captas el inglés, lenguas eslavas y otras de tierras más lejanas.
Hay un orden en el fenomenal desorden. Cada parada conoce a la perfección sus límites. Se intenta no invadir los dominios de los vecinos, pero las fronteras son muy difusas. Y la tentación es grande.
Se ocupan, con todo tipo de objetos, espacios inverosímiles. El paño en el arca no se vende, es algo que saben muy bien los asiduos.
El visitante asiste a un pequeño rifirrafe entre dos mujeres. «Voy a llamar a la Guardia Civil», dice una que pugna con hacerse un hueco. «Llama a quien quieras», le responde la otra que ha madrugado más que su competidora.
El lugar está invadido por fuertes aromas, que el frío viento bajado de la Serra de Tramuntana no dispersa. Huele a ropa y zapatos viejos, rancios, muy rancios; a años de polvo acumulado sobre morralla; a carne barata a la brasa y a queso muy fuerte. Huele a lucha por la existencia y a colonias caras; huele a…
En las cuatro o cinco calles del baratillo circulan algunos coches y furgonetas entre las aglomeraciones de paseantes. Hay vendedores extremadamente habilidosos que consiguen dar la vuelta en una mínima superficie o que aparcan en un metro cuadrado de acera. Se ven turismos destartalados, con matrículas PM. Los coches son escaparate, almacén y asiento, todo a vez.
El dominguero encuentra en este mercado cosas insospechadas, como un antiguo saco de tela de patatas de la Cooperativa Agrícola Poblense para exportar «new potatoes de Majorca». Un single de Julio Iglesias cuando era un apuesto jovencito espera llamar la atención de algún nostálgico. Los temas del vinilo son premonitorios: «abrázame» y «quiero».
Un vendedor ofrece magníficas puertas de madera de segunda mano, rescatadas de casas cuyos moradores ya no son lo que eran. Un escandinavo rico pasa rápido con una silla de metal que termina de pillar. Un albañil boliviano está eufórico: acaba de comprar unos antiguos correajes militares para sujetarse la espalda cuando se desloma en el tajo. Las voluntarias de Mallorca Sense Fam sonríen, bulliciosas, en su paradita…
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