Calistenia en el parque |
Opinión | PENSAMIENTOS
Calistenia en el parque
Calistenia en el parque / Ingimage
Domingo a la mañana en Palma; un día soleado, pero frío; un grupo de jóvenes hacen gimnasia en un parque. Una bella estampa.
La pandemia, horrible época, trajo algo bueno a la ciudad: los parques públicos empezaron a usarse para actividades comunitarias al aire libre, especialmente gimnasia y baile en línea. Huyendo del covid descubrimos que es más sano y placentero hacer ejercicio bañados por el sol.
La zona de calistenia ocupa una esquinita del recinto. Apenas hay cuatro barras y una plancha, pintadas en unos discretos grises y rojos. Los no iniciados pensarían que es una oferta muy pobre. Los usuarios, sin embargo, saben que la sencilla estructura es más que suficiente.
Baja de las montañas un duro viento de Tramuntana, aunque reina un sol casi primaveral. Los deportistas están en su mayoría desnudos de cintura para arriba. No tienen miedo al frío.
Uno de ellos ha aparcado su bicicleta fuera del parque. Previsor la ha atado con un candado a la valla exterior. Quizás es una medida excesiva, dada la baja criminalidad de la barriada.
Huele a lavanda, huele a romero. La manzanilla también suelta sus penetrantes efluvios. La nueva estación está llegando con ímpetu.
No apesta a gasolina, a basura de motor. Los vecinos están todavía durmiendo, porque hoy no trabajan.
Algunos padres sí han madrugado para llevar a sus retoños a las distintas competiciones. Son etapas de la vida que, lamentablemente, pasan volando.
Los gimnastas vienen bien equipados. Llevan guantes, gorras de visera, sudaderas, pantalones y zapatillas deportivas. También se traen sus pesas, cuerdas de saltar y otros complementos desconocidos para el narrador.
Reina la paz, la tranquilidad y la armonía. Nunca se han visto peleas, voces, ruidos o basura en el área. Los chicos son gente pacífica. Y limpia.
Curiosamente tampoco entrenan con música de fondo a tope. Sí que algunos, fieles a la moda, usan unos pequeños auriculares para relajarse.
Los hay que se ejercitan por parejas. Los hay que se hacen acompañar de un «entrenador personal», a menudo un amigo.
Una parejita se une a la escena. Son jovencitos. Como las barras, anillas y escaleras están ocupadas, se dedican a subir y bajar de un pequeño muro de piedra.
La mujer es más hábil que su novio, al que se le ve torpón para seguir el ritmo. Hacen unos cuantos ejercicios; se paran y se dan un beso.
Dos jóvenes musculosos utilizan uno de los caminos centrales del parque para sus tablas de flexiones y sentadillas. Su actividad no perturba el paso de los transeúntes que van a sus cosas y no se fijan en los «gladiadores». Hay sitio para todos.
Otros que también madrugan en los festivos son los dueños de los perros. Apenas amanece y el lugar se llena de mascotas. La mayoría de los animales van atados, pero los humanos gustan de jugar con sus «criaturas» y los liberan para que puedan correr detrás de desgastadas pelotas verdes de tenis.
Los amos son una cofradía. Se conocen todos entre ellos; hablan de lo profano y lo divino, mientras los canes confraternizan o rivalizan. Si no tienes chucho, no eres del club.
La palabra griega calistenia es maravillosa. Consultado el diccionario, el espectador averigua que, etimológicamente, significa «fuerza bella». En tiempos tan convulsos, en una época deprimente por los abusos de los dictadores, reconocidos o encubiertos, emplear la fuerza para algo tan hermoso y necesario como la gimnasia al aire libre es algo nutritivo.
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