Cada vez menos felices

Opinión | Las cuentas de la vida

Cada vez menos felices

Ilustración: Cada vez menos felices / Ingimage

Las fracturas colectivas responden a ciertos patrones. Sin embargo, no siempre entendemos los motivos más profundos. Lo cierto es que el covid rompió muchas certezas que teníamos asumidas como incuestionables. En su clásico tratado sobre la democracia, Tocqueville advirtió hace dos siglos que aquel nuevo régimen político descansaba no tanto sobre las leyes como sobre una cultura de la confianza mutua que permitiera a los ciudadanos asociarse libremente y construir una comunidad de abajo arriba. El covid terminó en parte con este logro, al corromper los depósitos de confianza social. De repente, dejamos de fiarnos de nuestras instituciones, de la prensa, de la ciencia oficial e incluso de nuestros vecinos. Es evidente que la pandemia no fue la causa, sino la radiografía de un mal anterior que afecta a nuestra cultura. Resulta imposible separar el retorno de los populismos de tal ruptura.

Hablo de fracturas colectivas y de sus patrones a raíz de un interesante estudio que acaba de publicar Sam Peltzman, profesor emérito de Economía en la Universidad de Chicago, basándose en los cincuenta años de datos que aporta la General Social Survey, la gran encuesta social acerca de los Estados Unidos. A la pregunta: «En general, ¿diría usted que es muy feliz, bastante feliz, o no muy feliz?», la respuesta es nítida. La media histórica situaba el índice de felicidad en 22 puntos positivos y nunca –ni siquiera en tiempos de recesión económica o de guerra– había bajado de 15; hasta 2021, año en que el índice cayó a niveles negativos por primera vez. A partir de entonces, las cifras remontan pero en ningún caso superan los 6 puntos, muy lejos de la media histórica. Y estos números afectan a la sociedad en su conjunto, sin distinción de edad, sexo, educación o posición económica. Curiosamente, el único grupo que sigue manteniendo una tasa relativamente alta de felicidad son los casados (+18) frente a los no casados (-16), que se declaran abiertamente infelices. Esta diferencia de 34 puntos abre un abismo social. La soledad, claramente, es un factor a tener en cuenta. La soledad y la desconfianza.

Es curioso que el matrimonio –una institución tan denostada por cierto radicalismo ideológico– se haya convertido en el último refugio de la felicidad. Al menos, según los datos oficiales. ¿Por qué aguanta cuando todo lo demás ha cedido? Quizás los mediterráneos lo intuyamos mejor que los anglosajones: la familia es el ámbito donde el encuentro entre las personas no es ideológico, sino que halla refugio en una íntima cotidianidad. El matrimonio es el espacio natural donde el ser humano se pone al servicio de los demás.

Peltzman utiliza datos de los Estados Unidos y piensa en clave americana, pero la tesis de fondo que propone es universal: cuando la confianza se rompe y una sociedad deja de creer en sí misma, no hay política pública a corto plazo capaz de restituir lo perdido. Los gobiernos pueden redistribuir la renta, construir colegios y aprobar leyes, pero no pueden legislar sobre la confianza social. La regeneración de una cultura democrática exige recuperar espacios de encuentro, lugares donde sea posible la amistad, frente al cultivo de un individualismo ciego que niega la existencia de la comunidad, incluso su misma posibilidad. Los datos de la encuesta americana son un indicador adelantado de las consecuencias de una cultura que ya no reconoce nada en común. O muy poco. Y ese poco casi siempre se ve enfrentado a una ristra de guerras identitarias. Habría que tomar nota de ello.

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