Salir de la lista |
Imagen de manifestación del Orgullo LGTBI. / EFE
Todo empezó con una lista. No con una bandera ni con una marcha, sino con una clasificación. Durante décadas, la homosexualidad ocupó el lugar reservado a aquello que una sociedad considera trastorno, desviación o anomalía. En 1990, la OMS dejó de clasificarla como enfermedad mental. Una palabra salió del inventario médico. Sin embargo, muchas vidas siguieron atrapadas en otros archivos.
Pierre Seel no necesitó salir del armario para entrar en una lista. En 1939 denunció el robo de un reloj en un lugar de encuentro homosexual de Mulhouse y terminó inscrito por la policía francesa como homosexual sospechoso. Dos años después, con Alsacia bajo ocupación nazi, la Gestapo llamó a su puerta. No lo había delatado un discurso ni una militancia. Lo había delatado un archivo. Ese es el poder terrible de las listas: decidir qué existe, qué se nombra, qué se borra y qué vidas quedan convertidas en expediente antes incluso de poder hablar. Porque las listas no son solo papeles. Son máquinas de producir realidad.
Hubo listas penales, médicas, policiales, morales. Oscar Wilde fue llevado ante la ley, pero también juzgado por una sociedad que necesitaba convertir su deseo en signo de decadencia. Magnus Hirschfeld fundó en Berlín un Instituto de Sexología que reunió libros, fotografías, testimonios: vidas que buscaban dejar de ser pecado, delito o monstruosidad. En 1933, los nazis saquearon aquel archivo y quemaron sus libros. La hoguera ardía contra la posibilidad de que algunas vidas tuvieran nombre propio. Décadas después, en Estados Unidos, la caza de homosexuales durante la Guerra Fría —la llamada Lavender Scare— convirtió la vida privada en riesgo de........