SEMANA SANTA: AMAR HASTA LA MUERTE | Por: Antonio Pérez Esclarín
Por: Antonio Pérez Esclarín (pesclarin@gmail.com)
Jesús sabía que había llegado la hora definitiva. Decidió subir a Jerusalén aunque estaba seguro que posiblemente sería un viaje sin retorno. Aceptó entrar en la ciudad santa montado en un humilde burrito para evidenciar una vez más que sus ideas del poder y del triunfo eran radicalmente opuestas a las de los reyes y emperadores que entraban por arcos de triunfo a las ciudades conquistadas montados en briosos caballos y seguidos de un impresionante séquito de guerreros y esclavos. Si los conquistadores dominaban a sus pueblos y levantaban su poderío sobre la opresión y la violencia, Jesús había venido a liberarlos, pues su misión era servir a todos, especialmente a los despreciados y humillados, y no ser servido ni reverenciado. Si los poderosos dominaban y arrebataban vidas, Él estaba dispuesto a dar la suya para que todos tuvieran vida en abundancia, que es lo que quería el Padre, un Dios de vida, con especial predilección por los débiles, los pecadores, los pequeños, los rechazados.. El grupito de sus seguidores y también algunos otros peregrinos que reconocieron en Jesús al Sanador de enfermos y al Maestro de la Misericordia, contagiados por la alegría de entrar en la Ciudad Santa, empezaron a aclamarle y, como muestra de su admiración y respeto, alfombraron el camino con sus mantos y con ramas, hierbas y flores que cortaban del monte. Algo muy sencillo, nada grandioso, radicalmente opuesto a las entradas triunfales de los conquistadores. Su triunfo iba a consistir en su fidelidad inquebrantable, hasta la muerte, a la misión de anunciar el Reino de justicia y........
