El Milagro de los Juncos y la Memoria: Una Crónica para el Día del Libro | Por: Adalberto Gabaldon

Por: Adalberto Gabaldon

Elegir un solo libro para celebrar su día constituye una tarea harto difícil; es algo así como invitar a un niño a una juguetería o a una tienda de dulces y pedirle que escoja solo uno. Resulta una labor de selección complicadísima, porque cada ejemplar es un universo que reclama su derecho a ser contado. Sin embargo, para esta iniciativa del Diario de los Andes, qué mejor que la crónica de un libro que es, en sí mismo, la biografía de todos los libros. Me refiero a esa joya literaria titulada El infinito en un junco, de la extraordinaria escritora española Irene Vallejo.

Este texto es una crónica fascinante, con una narrativa que mezcla biografía e historia, donde destaca el papel de la mujer que nos remonta a los periodos más remotos de nuestra civilización. En una prosa limpia, amena, densa y sólida a la vez, Vallejo nos recuerda que el libro es uno de los inventos más heroicos de la humanidad. Su narración nos transporta, por ejemplo, a la mítica Biblioteca de Alejandría. Allí, los reyes de Egipto y Alejandro Magno,  querían reunir todos los libros del mundo; enviaron agentes a los puertos, registraron barcos y cruzaron desiertos solo para copiar pergaminos. Era el sueño de capturar el saber universal en un solo lugar, una ambición que hoy nos parece cotidiana gracias a la tecnología, pero que en aquel entonces dependía de la fragilidad de un material vegetal.

¿Sabían ustedes que en los grandes saraos de Roma o Alejandría la atracción principal eran los llamados «libros vivientes»? Eran individuos que sabían de memoria un texto completo, con sus puntos y comas, para narrarlo ante una audiencia cautiva. Antes de la aparición del papel, la memoria humana era el único anaquel disponible contra el olvido. Aquellos hombres y mujeres eran bibliotecas ambulantes que mantenían vivo el pensamiento en banquetes y plazas.

Para los lectores más jóvenes, o para quienes prefieren la fuerza de las imágenes, existe también una adaptación gráfica a cargo del ilustrador Tyto Alba. Esta versión convierte la historia en un despliegue visual de acuarelas que permite a los niños explorar estas mismas aventuras de forma ágil y divertida. Incluso portales especializados como Las lecturas de Guillermo destacan que esta pieza abre caminos y democratiza el acceso a la cultura clásica.

Confieso que este libro llegó a mis manos en formato digital y, al principio, opuse resistencia. No soy muy amigo de la lectura en pantalla, quizás por una dificultad visual o porque prefiero el tacto de las hojas. Pero ante las dificultades actuales para adquirir ejemplares físicos, lo digital se reveló como una excelente oportunidad de acceder a textos que, de otra manera, serían inalcanzables. La obra de Vallejo, cautivadora desde el inicio, me hizo prescindir del papel convencional.

Son muchos pasajes. Cautivan paso a paso. Eróstrato, el pirómano inútil que quiso pasar a la posteridad por quemar el templo de Artemisa, Pero quizás el pasaje más conmovedor, y que la autora reserva para el epílogo, es el homenaje a las bibliotecarias a caballo de Kentucky. Durante la Gran Depresión, este grupo de mujeres valientes —las «Amazonas de los libros»— recorrían las montañas de los Apalaches a lomo de mulas y caballos. Cargadas con alforjas repletas de textos, desafiaban ventiscas y caminos de barro para llevar lecturas a familias mineras aisladas. En lugares donde no llegaba el correo ni la electricidad, llegaba una mujer con un libro. Es una imagen poderosa: el libro no es un objeto de lujo, sino un puente de esperanza que alguien estuvo dispuesto a cruzar a pesar del frío y el cansancio.

Vallejo nos enseña que el libro es un superviviente nato. Ha resistido incendios, censuras de tiranos y el paso de los siglos gracias a una cadena invisible de salvadores: desde los reyes de Egipto hasta las bibliotecarias a caballo. Sirvan estas líneas para celebrar ese invento que nos permite conversar con el pasado y soñar. Porque la aventura del saber comenzó con un humilde junco a orillas del Nilo y, gracias a esa pasión humana indomable, todavía no tiene final.

Semblanza de la autora

Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) es doctora en Filología Clásica y una de las ensayistas más brillantes de la literatura actual. Con su obra El infinito en un junco, traducida a más de treinta idiomas, ha logrado un hito: convertir un estudio sobre el mundo antiguo en un fenómeno de ventas global. Premio Nacional de Ensayo en España, y de otra docena de premios internacionales, con traducciones en 35 idiomas en mas de 50 países.

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