La fe en el tararí
Creado: 28.03.2026 | 06:00
Actualizado: 28.03.2026 | 06:00
Disciplinantes por la calle latigándose la espalda hasta correrles la sangre en churretón era cosa de muslmanes que el cristianismo de la España de las tres religiones copió para no ser menos, integrándolo en ritos públicos y procesiones para ostentar la fe. En todo el país, y hasta los años 60 se veía alguno en cortejo penitencial de la Pasión (recuerdo un caso en este León) hasta que la Iglesia conciliar suprimió esta anacrónica penitencia que hoy sólo se ve en el riojano San Vicente de la Sonsierra con unos «picaos» que son más que nada totem turístico. Dos siglos antes también se les copió a los moros su rosario de mano de 33 cuentas que invocan los 99 nombres de Alá (y que a su vez estos copiaron del japa-mala hindú de 108 sartas), aunque el que fundó santo Domingo de Guzmán tenía 50 el común y 150 el que sus frailes llevarían al cinto. Aquella Iglesia medieval poderosa y con clero de misa, olla y barragana envidiaba la rigurosa, ejemplar y mayoritaria práctica religiosa de los seguidores del Islam al verles cumplir tan a rajatabla sus devociones, ayunos o presencias.
Pero no se necesitó copiar a los moros los atuendos, túnicas y capirotes con que hoy se revisten la mayoría de las cofradías. Para eso bien se bastó la España tridentina. Sólo requirió copiar a la Inquisición que ya en el siglo XV obligaba a sus condenados a vestir un «sambenito» (especie de poncho-escapulario) y sobre su cabeza un cono de cartón engrudado, la «coroza» de la que desciende el capirote. Y de esta guisa eran conducidos para escarnio público y castigo por calles, plazas o templos (los arrepentidos) o directamente a la hoguera (los recalcitrantes). En el siglo XVI algunas cofradías comenzaron a vestirse de este modo, pero velándose el rostro (algo que Carlos III prohibiría en vano) para reconocerse como pecadores y, en consecuencia, hacer penitencia pública. Y así, degenerando aquel espíritu inicial y ganando en galas, lujos, ostentación y una fe en el tararí se llegó a esta pasión nazarena que inunda calles con todo tipo de alardes y apoyos públicos ¿aconfesionales?, celebrando a su vez el recluir a los moros del Ramadán en un parking de Jumilla.
