Ahí, papones no
Creado: 02.04.2026 | 06:00
Actualizado: 02.04.2026 | 06:00
Las semanasantas de pueblo no tenían procesiones de pompa y floripondio, ni Pasión bendita de paso pujado, ni papón, ni cornetas o tamborrada, cosa tan de ciudad y cofradía nacida de gremios para ostentar la fe o la clase y verificar su entrega pública a la religión imperante e inquisitorial, alejando así toda sospecha de no ser «cristianos viejos», lo que en el siglo XVI, cuando eclosionaron, significaba pesquisas del Santo Oficio, persecución y condena a expolio o patíbulo por judaizante marrano o moro. La Pasión rural en la gran mayoría de los mil doscientos pueblos de este León se reduce a la iglesia o a darle una vuelta al templo, se limita a ritos parroquiales y no hay más gaita en las calles que el siseo vecinal al volver de los Oficios con campanas quietas hasta la Pascua. Las cantinas incluso se cierran hasta Resurrección si el párroco es tridentino con látigo doctrinal.
Hoy, sin embargo, nace rito, procesión y cofradía inventada en pueblos donde jamás hubo tal. Hay moda, hay contagio en disfrazarse con túnicas de colorines e imitar a la ciudad con tambores y gritos de metal al cielo para que vea Dios la raza identitaria de la que estamos hechos. Cierto que en muchos pueblos hubo cofradía sacramental, penitencial, de Ánimas o de todo santo, pero jamás con ropón, verdugo o capirote, quizá alguna capa vieja. Y es que en los pueblos no había necesidad ni dineros para meterse en vestiduras ni carnavales penitenciales. Ahí, papones no. Pero no por ello la Semana Santa dejaba de tener sus pequeñas particularidades... o costumbres, entre las que celebro una que tenía su gracia gamberra, véase: Viernes Santo, oficio de Tinieblas en la iglesia, veladas las imágenes con trapo morado, se apagan luces, oscuridad total, y se imita al terremoto que hubo al expirar el Redentor haciendo gran ruido con bancos y reclinatorios, polvareda y estrépito que disimularán los martillazos con que algún mozo clava a la tarima las sayas de las beatas arrodilladas y embebidas que se rasgarán al levantarse, o allí quedan, prorrumpiendo ellas en maldiciones y largando el cura sus anatemas... ¡y qué risas nos pasemos!, decía Niceto.
