El verdadero problema de la izquierda

Creado: 24.03.2026 | 06:00

Actualizado: 24.03.2026 | 06:00

Es una de las noticias de estos días. La formación en el horizonte, el cual es de esperar que muchos observen antes con recelo que con expectación, de una nueva propuesta política capaz de encarnar el espíritu de regeneración que los recientes fiascos electorales de la izquierda han puesto de manifiesto que ésta necesita. Caben hacerse varias preguntas a propósito de este nueva empresa. La primera y más dolorosa, por la impotencia que insinúa, es si nos encontramos irremediablemente inmersos en la inercia de esas pesadas oscilaciones históricas de tipo pendular que dictan, aun contra toda razón, la dirección de los acontecimientos. La extrema derecha avanza a pasos agigantados, y lo preocupante del asunto, lejos de ser el engrosamiento de sus filas, es más concretamente la forma desacomplejada que tienen sus adeptos de proclamar opiniones abiertamente injustas. ¿De verdad las personas somos tan despreciables que no nos importa pensar injustamente de los demás? ¿De verdad es tan sencillo como decir que quien sostiene una opinión extrema está adoctrinado y desprovisto de las entendederas necesarias para formarse una opinión propia?

A esta primera pregunta, una respuesta que acaso roce lo utópico pero que es del todo cabal, es que la historia no está necesariamente sometida a ninguna fuerza oscilatoria; lo está, en cambio, si nuestras acciones incurren de continuo en cualquiera de las variadas formas de la mala fe. La historia se repite no por una suerte de necesidad mecánica que así lo estipule, sino por el hecho de nuestra condición, que la atraviesa siempre. No hacen falta mentes diabólicas para se produzcan en el mundo terribles desgracias; basta con las pequeñas negligencias del hombre común. El reparo en la contestación se pierde cuando la cerrazón de nuestro interlocutor ha cruzado el umbral de una obstinación grotesca. Espeta barbaridades no el iletrado, sino aquel que ha esperado pacientemente a que sus quejas y peticiones fueran razonablemente escuchadas, pero que ha recibido por toda respuesta un portazo en las narices. Como idea esto resulta aterrador, pues significa que la importancia atribuida —y otramente cierta— al bastión de la educación como remedio contra los extremismos, queda neutralizada mientras no vaya acompañada por una honesta voluntad de diálogo, es decir, mientras no mostremos la predisposición sincera a entender lo que quisiéramos no tener que entender nunca. Es infantil escandalizarse por ideas frente a las cuales, de hecho, si estudiamos atentamente el por qué de esa reacción, ésta se explica por el proceso de fosilización que han sufrido esas ideas y por el cual repetimos como papagayos pero sin pensarlo demasiado, la respuesta esperada en cada caso. Esa hueca indignación en nuestras respuestas, parecida al movimiento de un inanimado bloque, es una virtud para algunas cosas, pero no para otras. Entender un parecer político que nos horroriza no nos convierte en malas personas, lo mismo que no entenderlo no nos acerca un ápice a ser mejores que nuestros opositores. La única medida que establece de antemano nuestra ignorancia al respecto es la de una probable fatalidad futura. La fuerza que parece subyacer a este terror es la vanidad, aunque no únicamente. En cuanto a la negativa a entendernos por vanidad, la razón está en que concebimos como derrotas las concesiones que hacemos a los demás, si ello supone reconocer que su punto de vista es al menos razonable, y la repulsa que despierta en nuestro amor propio el que éstos puedan ufanarse a nuestros ojos por tales concesiones. El segundo motivo, más profundo, es que sentimos terror ante la idea de poder comprender algo que reprobamos moralmente. En esto somos idénticos al niño que detesta un alimento nutritivo pero insípido y se las ingenia de mil formas para evitar comerlo; pero omitirlo no suprimirá lo recomendable de la ingesta, y a la larga, su ausencia en el organismo empezará a hacerse molestamente manifiesta. Volviendo al principio, la propuesta de una izquierda renovada encierra muchos más peligros que posibilidades. Los replanteamientos

ad infinitum consiguen antes viciar amargamente los ánimos de los hombres que los escuchan que alcanzar la regeneración pretendida. La novedad tiene la virtud justamente de ser eso, novedad. Pero a la vista de que, de facto, no hay como tal nada nuevo, sino una especie de lavado de cara que bien podrá hacerse tan concienzudamente como sus bienintencionados fundadores quieran, convendría ser prudente antes de enfrascarse en semejante proyecto. Vox, Aliança Catalana y tantos otros partidos de idéntica índole prosperan fundamentalmente por la testarudez del terror progresista a admitir que estos partidos recogen quejas legítimas con las que es humanamente posible empatizar. La pregunta es entonces: ¿qué hará la izquierda con esta valiosa lección? Aunque dolorosa, su valor es indiscutible, ¿pero sabrán hacer un provechoso uso de ella para fortalecer su posición? ¿O la negarán, parapetándose en la facilona rotundidad de su actitud cancelatoria y confiando sus ya escasas posibilidades de resultar convincentes a cualquier escuálida expresión de buenismo? Si la izquierda depusiera su infantil contumacia, si renunciase al cariz ideológico y simplista de su discurso, si abrazase las grietas de sus argumentos y con humildad los expusiera, sin embellecerlos o disimularlos, a la cruda mirada del público, la verdadera izquierda, la que piensa y agradece la deferencia de no ser interpelada con discursos-recorte, tendría aún alguna oportunidad de consolidarse como fuerza capaz de ofrecer resistencia a los crecientes discursos de odio que proliferan con escalofriante frivolidad. El problema es que intelectualmente es un cascarón vacío incapaz de plantar cara al extremismo de derechas más que con el griterío de sus consignas; su deficiencia es justamente no comprender que ni los gritos de miles de pulmones juntos rivalizan en autoridad con una acción muda pero bien cimentada. Ninguna formación política, sea de izquierdas o derechas, debe tener por objetivo frenar el avance de su contrario, sino fortalecerse desde dentro a sí misma de manera que,

por añadidura, caiga con la gracilidad característica del que ha demostrado ser superior sobre los que pretendía detener. La honestidad es verdaderamente la mejor política, entendida como aquello que beneficia más equitativamente a todas las partes, fuera de las típicas jugarretas que desequilibran ostensiblemente la balanza. Mientras la paz sea estable, no se corre un gran peligro traicionando este principio ordenador en favor de satisfacer algún interés egoísta, pues lo favorable del contexto permite que dicho abuso sea perdonado indulgentemente (o acaso amonestado con afabilidad paternal) por el resto de potencias, lo mismo que unos padres sacuden resignadamente la cabeza al ver que su hijo ha cogido una galleta sin su permiso. Pero cuando el ambiente está crispado, una completa probidad intelectual se hace indispensable si debe quedar alguna esperanza capaz de contrarrestar la crispación y prevenir su estallido. Estamos en ese momento. Una propuesta bienintencionada puede resultar perjudicial si no se han evaluado concienzudamente todos sus posibles efectos. No hay que «ilusionar», como se ha oído decir a algunos; tristemente, que aún haya quien piense que la carencia de la izquierda consista en semejante puerilidad denota la profunda incomprensión que hay acerca del verdadero problema del movimiento, y, en mitad de esta delicada situación, el peligro de aplicar un remedio equivocado puede suponer la diferencia entre lo que habitualmente implicaría un simple reajuste de dirección y la gota que colme el vaso. En realidad, lo que hay que hacer, si tiene que perdurar, no tiene nada que ver con especular con las emociones, y todo, en cambio, con un ejercicio de sobria honestidad: se trata más que nunca de convencer. Los retos que se nos plantean tienen esa incómoda costumbre de destapar bien sea la valía que la incompetencia. El hecho es que de momento la balanza aún no se ha decantado: un proyecto sólido de izquierdas lo mismo puede ser hoy la quimera de cuatro charlatanes que el merecido logro de un buen liderazgo.


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