Género y salud mental |
Creado: 07.04.2026 | 06:00
Actualizado: 07.04.2026 | 06:00
Antes de asumir que todo el malestar emocional reside en uno mismo, conviene analizar el entorno social en el que vivimos así como las relaciones interpersonales que mantenemos. Por ello, si te diagnostican con esquizofrenia, asegúrate de no estar rodeado de seres idiotas y diabólicos como El Graña y El Pica y sus secuaces.
El modelo biomédico ha acaparado todo lo que tiene que ver con el sufrimiento humano y ha transformado nuestro trabajo como profesionales de la salud en diagnosticar a la gente y prescribirles psicofármacos o rectificaciones en su conducta.
No es posible atribuir una única causa al origen de las desigualdades de género en salud mental, sino que es el resultado de la confluencia e interrelación de diferentes factores y circunstancias que se tejen en el contexto de un androcentrismo, que condiciona las relaciones entre hombres y mujeres.
La mayor atención que en la actualidad prestamos a la salud mental deberíamos enfocarla hacia esos determinantes sociales, ya que de lo contrario, caeremos en la trampa de patologizar, medicalizar e individualizar los problemas estructurales en pro de un reducionismo que en la práctica estigmatiza y responsabiliza a las personas de su sufrimiento, lo cual es desolador y contraproducente.
El género es un importante determinante de la salud mental y de la gestión que se realiza de ésta en los servicios sanitarios. Destacan las mayores prevalencías de la mala salud mental en las mujeres de todas las edades y de todos los grupos sociales, y además existe un efecto multiplicativo por la acumulación de experiencias de desigualdad. Los diagnósticos de depresión y ansiedad también son más frecuentes en las mujeres, incluso tras eliminar el efecto de su peor salud mental y su mayor frecuencia de visitas a los/as profesionales de la salud. El consumo de psicofármacos prescritos también es significativamente mayor a igualdad de salud mental, de diagnósticos y frecuencia de visitas a los/as profesionales sanitarios/as. Todo ello nos está indicando la existencia de un proceso de medicalizaciòn de la salud mental especialmente de las mujeres, pero la interpretación de su origen resulta compleja, ya que sin duda operan procesos de sobre diagnóstico y sobre prescripción entre ellas, pero también de infra diagnósticos e infra prescripción en los hombres.
Es evidente que disminuir las desigualdades de género en salud mental deberá ser el resultado de la intervención política y gubernamental a diferentes niveles.
Desde una óptica estructural, existe una clara relación entre el nivel de desigualdad de género en la sociedad y las desigualdades de género en la salud mental, de modo que todas aquellas políticas de lucha contra la discriminación que sufren las mujeres en el mercado laboral, en la responsabilidad sobre el trabajo doméstico y de cuidados, en el uso del tiempo y, en términos generales, aquellas que empoderen a las mujeres a partir de su mayor representación política yvisibilizción social, repercutirán positivamente en la disminución de las desigualdades en la salud mental de hombres y mujeres.
La dependencia social hacia los psicofármacos, así como a las normas prescritas por los/as profesionales de la salud, supone que cada vez estemos más sometidos/as a regímenes de vigilancia, especialmente en las mujeres. Por ello, desde el nivel institucional es necesario un compromiso fuerte orientado a frenar la medicalizaciòn de los malestares emocionales cotidianos desde una clara perspectiva de género, que visibilice la especial vulnaverabiliad de las mujeres a las presiones, no sólo de la industria farmacéutica, sino también del conjunto de la maquinaria del modelo biomédico/institucional.
En el terreno asistencial, que es el espacio de reproducción principal de los procesos de medicalizaciòn, tener como marco de referencia la prevención cuaternaria definida como el conjunto de actividades que intentan evitar, reducir y paliar el daño provocado por las intervenciones médicas, pueden ayudar a identificar a aquellas personas en riesgo de sobremedicalizaciòn y protegerlas de una nueva invasión médica, terreno donde las mujeres han sido y siguen siendo una de las principales víctimas. En el campo de la salud mental, en la que la medicalizaciòn del malestar emocional es especialmente habitual, muchos de los problemas que tienen un origen social acaban recibiendo atención psicológica y peor aún psiquiátrica de manera que la actuación médica, lejos de abordar la etiología del problema, puede provocar daños en forma de iatrogenia farmacológica y dependencia psicológica. De ahí que la indicación de no tratamiento, es decir, un encuentro terapeuta/ paciente que permita realizar una devolución de la paciente a su contexto sin sentirse rechazada ni juzgada por el sistema sanitario, se haya convertido en una intervención necesaria por parte de los/as profesionales de la salud mental y de la atención primaria, con el objetivo de reorientar y resignificar la demanda o los problemas iniciales que motivaron la consulta.
Para todo ello, además, sería necesario impulsar espacios de reflexión en el ámbito clínico que ayuden a reconstruir colectivamente algunas naturalizaciones basadas en el binarismo de género que han sostenido las definiciones más normativas de la psicopatología y su tratamiento en la actualidad.
Por consiguiente, la incorporación real a la práctica clínica del modelo biopsicosocial, así como la implementación de estrategias de promoción de la salud y del bienestar emocional desde un enfoque de salud comunitaria, podría evitar la excesiva psicopatologizaciòn y medicalizaciòn de los malestares cotidianos al adquirir una visión global sobre la influencia que el entorno social ejerce sobre la salud. El impulso de aproximaciones feministas a terapias narrativas, las cuales centran a la persona como expertas/os en su vida, se ha mostrado muy beneficioso.