Jark, la nueva Esfacteria

Creado: 13.04.2026 | 06:00

Actualizado: 13.04.2026 | 06:00

Primera Guerra Mundial

A finales del siglo pasado, durante una excavación arqueológica en el ágora ateniense, apareció el revestimiento exterior de bronce de un escudo hoplita con una inscripción que decía: «capturado por los atenienses a los lacedemonios en Pilos». Este hallazgo vino a confirmar uno de los episodios más humillantes para Esparta en la guerra del Peloponeso, cual fue la batalla de Esfacteria. En esa isla acabaron rindiéndose incondicionalmente a los atenienses ciento veinte ciudadanos espartanos de pleno derecho y sus aspis terminaron convirtiéndose en un símbolo para los atenienses, hasta el punto de que aún los tenían expuestos dos siglos después, cuando Pausanias visitó el Ática.

Cuentan que las madres espartanas les decían a sus hijos, cuando iban a partir para la batalla, que volvieran «con el aspis o sobre él», ya que ese pesado escudo era lo primero que se abandonaba cuando se huía, y un espartano nunca huía ni se rendía. En una de las operaciones de la guerra, el ateniense Demóstenes tomó el promontorio de Pilos, una posición fácilmente defendible desde tierra y que podía ser abastecida por mar, situada dentro del territorio dominado por Esparta. Para los espartanos, la toma de Pilos suponía una amenaza existencial, por lo que enviaron sus naves, al mando de su mejor general, Brásidas, para intentar expulsarlos. Pensaron que si ocupaban la isla de Esfacteria y bloqueaban el estrecho canal de Sikia, podrían cortar el abastecimiento a Pilos. Así, cuatrocientos veinte espartanos desembarcaron en la isla, mientras la flota penetraba en la bahía de Navarino, donde fue derrotada por los atenienses y Brásidas resultó herido, quedando los hoplitas de la isla a merced de los atenienses: aislados en un espacio limitado y sin posibilidad de rescate marítimo. El desenlace ya lo contamos al principio. Como la historia tiende a repetirse, ahora el presidente Trump está empeñado en tomar la isla de Jark, en el Golfo Pérsico, a través de la cual pasa el noventa por ciento de las exportaciones de petróleo iraní. La cosa no va a ser para hoy, ya que, dado el imprevisto —y también imprevisible— desarrollo de la guerra, movilizar a los marines necesarios para llevar a cabo una operación terrestre aún llevará semanas. En este segundo mandato, Trump está actuando como un sátrapa, rodeado de una corte de aduladores, pero quienes no lo son le advierten que no debe actuar impulsivamente. La toma de un puesto de avanzada aislado y con los portaaviones sin poder acercarse a la costa debido a los misiles iraníes, podría llevar a que los marines acabasen quedando aislados en un espacio limitado y sin posibilidad de recibir auxilio ni suministros. El recientemente dimitido Joe Kent, que dirigía el Centro Nacional Antiterrorista de Estados Unidos, calificó esta posibilidad como un grave error, ya que lo que se conseguiría sería «entregarle a Irán un número determinado de rehenes en una isla que pueden bombardear con drones y misiles». De producirse, Trump estaría acabado, igual que le pasó a Carter en 1979. Otro caso histórico similar, en el que la impulsividad de Churchill condujo al desastre, fue la batalla de Galípoli, en la Primera Guerra Mundial. En este caso no se trataba de una isla, pero sí de una cabeza de playa en el estrecho de los Dardanelos, en la que los soldados del imperio británico, principalmente australianos y neozelandeses, quedaron atrapados. Más recientemente, la obsesión del gobierno de Kiev por establecer una cabeza de puente en Krinky, en la orilla oriental del Dniéper, supuso un inmenso desgaste para el ejército ucraniano, sin ningún tipo de resultado palpable. Tal y como se están desarrollando las cosas, solo nos resta sentarnos y esperar. Quizás Estados Unidos encuentre su Esfacteria en Jark.


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