El valor delas rocas: 120 años de conocimiento geológico en León

Creado: 25.03.2026 | 06:00

Actualizado: 25.03.2026 | 07:45

Mientras el Diario de León cumple 120 años, la provincia cuya historia ha retratado durante ese tiempo ha funcionado como un laboratorio natural abierto para la ciencia. Para quienes trabajamos en geología, sus montañas, valles y páramos no son solo paisajes, son también páginas de un libro escrito en roca que habla de la historia profunda del sustrato que pisamos.

A comienzos del siglo XX, cuando este periódico daba sus primeros pasos, el conocimiento geológico de la provincia era todavía muy fragmentario. Los ingenieros de minas habían trazado algunas cartografías parciales, más motivadas por el interés en el carbón que por el afán científico. La atención se concentraba en las cuencas carboníferas de Sabero, Ciñera-Matallana y Villablino, y la geología era, en gran medida, una herramienta al servicio de su explotación. Sin embargo, entre aquellos pioneros había también observadores sensibles que empezaron a intuir que la riqueza de León iba mucho más allá de un subsuelo cuya explotación se remonta hasta la prehistoria.

Las primeras décadas del siglo vieron consolidarse los estudios estratigráficos de la Cordillera Cantábrica. Geólogos europeos, especialmente alemanes, holandeses y franceses, se interesaron por las rocas del Paleozoico, excepcionales por su buena accesibilidad y conservación. Algunas de estas sucesiones rocosas (especialmente en los valles del Luna, Bernesga, Esla y en Picos de Europa) comenzaron a cobrar relevancia internacional. Supimos así que León no era solo una tierra de minería, sino también un archivo del tiempo profundo.

En la segunda mitad del siglo XX, la creación del Instituto Geológico y Minero de España impulsó la cartografía geológica, y las universidades españolas comenzaron a producir tesis doctorales que ponían el foco en la geología leonesa. El descubrimiento y estudio de yacimientos paleontológicos, que mostraban ambientes del pasado tan exóticos como arrecifes marinos o bosques tropicales, añadieron nuevas dimensiones al conocimiento. Ya no se trataba solo de rocas, sino de la historia de la vida en este rincón del noroeste ibérico.

Pero fue en las últimas décadas cuando emergieron conceptos que cambiarían la relación entre la sociedad y el territorio. El término geodiversidad, acuñado en los años noventa, define la variedad de elementos geológicos —rocas, minerales, fósiles, formas del relieve, suelos— que conforman el sustrato de un lugar concreto. León, con su espectacular diversidad de rocas y paisajes, resultó ser un territorio de extraordinaria riqueza. La Cordillera Cantábrica, los Montes de León y la Meseta, atravesados por valles fluviales, y coronados por peñas y oteros, configuran un mosaico donde coexisten una multitud y diversidad de elementos geológicos, en muchos casos de gran belleza y significado científico.

De la mano de la geodiversidad llegó el concepto de patrimonio geológico. Lugares como los Picos de Europa, el macizo del Mampodre, las hoces de Vegacervera, la Peña del Seo, los lagos glaciares de las comarcas occidentales, o los humedales del páramo, entre otros muchos elementos y lugares, comenzaron a ser reconocidos no solo como curiosidades, sino como bienes de alto valor natural y cultural. Así, en el año 2024, el llamado «Manto del Esla» recibió el máximo reconocimiento mundial en lo que a patrimonio geológico se refiere, poniendo en el mapa internacional un paisaje que nos cuenta la historia profunda de nuestra provincia. Y que también nos enseña cómo la geología ha guiado el desarrollo histórico y cultural de nuestra especie.

Hoy, León cuenta con diversos inventarios de lugares de interés geológico, con investigadores que trabajan en colaboración con instituciones europeas y con una creciente conciencia social sobre el valor geológico de sus paisajes. La geología ha salido de los manuales y de las minas para instalarse en las aulas, en los museos y en las rutas de senderismo. Las rocas de León tienen mucho que decir. Y este periódico, que ha sido testigo de esa historia durante 120 años, seguirá, sin duda, haciéndose eco de ella.

Pero ese relato tiene también un lado oscuro. Reconocer el patrimonio geológico no equivale a protegerlo. Las actividades extractivas, cada vez más agresivas e indiferentes a todo lo que no sea el crecimiento económico, siguen carcomiendo los paisajes, destruyendo minerales, rocas y fósiles que pertenecen a todos los leoneses. Lo que la ciencia tardó décadas en identificar y valorar puede desaparecer ante nuestros ojos en cuestión de meses. Quienes podrían evitarlo no son sólo los legisladores y gestores, somos también quienes vivimos este territorio, lo recorremos y lo amamos.

Gracias al trabajo de divulgación realizado en los últimos años, cada vez son más los leoneses que miran el suelo con otros ojos. Confiamos en que esa mirada, curiosa y comprometida, despierte una conciencia del «valor de lo nuestro» que ha demostrado ser la más poderosa de las protecciones.


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