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Votar a la derecha o a la izquierda, la mayor trampa de la democracia

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14.03.2026

Creado: 14.03.2026 | 06:00

Actualizado: 14.03.2026 | 06:00

La dicotomía en la política ha sido la arana más nefasta de la democracia ofrecida a los votantes. Es cierto que últimamente el llamado espectro político se ha abierto, e incluso fragmentado considerablemente, pero sigue vigente el juego de los contrarios en la mente humana. Lo bueno versus lo malo, el amor versus el odio, el progresismo versus el conservadurismo, lo nuevo versus lo viejo, etc. Es una manera de definirse por oposición al otro, a quien se le descalifica por definición. Los políticos, expertos en ver la paja en el ojo ajeno, han encontrado un filón a la hora de convencer a los electores para que los elijan a ellos utilizando dicha dicotomía, el juego de los contrarios.

Me dirán que los votantes no son tontos y que son capaces de leer entre líneas, de separar el grano de la paja, etc. No se lo discuto, pero lo cierto es que, en principio, el voto sigue siendo libre en la acción del depositarlo en la urna, aunque tremendamente mediatizado por las emociones, por tendencias más o menos ocultas e inconscientes, por deseos primarios y, ya no digamos, por la fe en los líderes y en la «doctrina» del partido. Es bien sabido que el hombre necesita creer, tener fe. Y una vez que la fe enraíza, el poder de la misma tiene muy a menudo más recorrido y peso que la razón. Los políticos conocen ese dato y lo explotan continuamente. De hecho, en las llamadas democracias consolidadas, los términos conservadores o progresistas, derecha o izquierda, republicanos o demócratas, con la «patente y exclusividad» del concepto (solamente conocí hace muchos años, fuera de España, un partido que se denominaba «progresista conservador», y que no logró ganar en las urnas…), liberal o conservador, laborista o conservador etc., etc. todos se mueven, se definen como uno de los contrarios en la oferta y petición del voto. Es cierto que hay otros partidos que se ofrecen como alternativa, cada vez en mayor número e idiosincrasia (o con intereses concretos), pero el constructo político de la democracia es una invención que, si bien se ha logrado consensuadamente para comprender y establecer formas de convivencia social, al mismo tiempo ha convencido a la mayor parte de los electores de que solo mediante el voto, eligiendo a los representantes de su partido y depositando en ellos la confianza plena, y solo así, cumplen su deber democrático y garantizan la propia democracia. Una vez consolidado ese principio, el siguiente paso es el de poner en práctica la «partitocracia», concepto equivalente al de «yo me lo guiso y yo me lo como, de Juan Palomo». Y ahí, de nuevo, los políticos, que proceden en una proporción nada desdeñable del «desecho de la tienta», son unos artistas de la manipulación. Es cierto que unos más que otros. Actualmente se ha llegado a un extremo vergonzoso de distorsión del principio según el cual el político, que debiera ser un eficaz administrador en beneficio de lo común, se acabe convirtiendo en un recaudador de impuestos, con un ojo puesto en beneficio propio o del partido. Está demostrado, por otra parte, que el denominado sistema (político, social, intelectual etc.), una vez cristalizado, tiende, por su propia definición e inercia, a la permanencia, o al menos por un tiempo muy prolongado. Es decir que tanto los valores como los vicios y los errores del propio sistema permanecen, lo cual estos últimos les vienen de perlas a los políticos porque les permite jugar con las cartas marcadas, aprovecharse, ya que se les concede, por encima de los valores, un poder cuyo abuso está «legalizado» o, cuando menos, consentido. Y a fe que lo aprovechan a tope. Es más, se cuidan de no modificarlo, solo salvo si les interesa. Ya se encargan bien de emplear el juego de la oca, «ahora mando yo porque me toca». Y los electores se quedan en ese limbo de la creencia según la cual practican la democracia al depositar su voto en la urna. Y eso no es democracia en el sentido etimológico del término. Eso es, utilizando una metáfora taurina, toreo de salón, no en el albero ante el miura. Hoy en día se puede llegar a la paradoja de abocar a una dictadura desde esta especie de democracia que nos hemos dado; sino de iure, sí de facto. Tengo la impresión (bueno, a lo mejor no es más que un deseo) de que ni esta situación, ni este sistema puedan durar sine die. Llegará un momento en el que, como reza el dicho, no hay mal que cien años dure, y que el cambio ha de llegar, caer por su propio peso siguiendo la ley de la gravedad universal… Lo que no acierto a vislumbrar es si se hará por las buenas o por las malas. Mucho me temo que sea por las segundas, a menos que la sociedad salga del letargo hipnótico en el que se ha instalado y se decida a revisar a fondo e impulsar otra forma de intervenir y participar en el gobierno de todos. Será entonces cuando se corrijan los errores y «trampas legales» que hoy día florecen en nuestro sistema actual. Ojalá que así sea.


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