Son cosas que pasan (reflexiones para compartir)
Creado: 05.04.2026 | 09:56
Actualizado: 05.04.2026 | 09:56
Patrimonio de la Humanidad
Todo se acaba. La vida transcurre a su ritmo, al margen de los deseos y afanes del humano. Todo acaba por acabar. Repito el verbo a propósito, empleando otros sinónimos como los verbos terminar o finalizar, así como los de gastar y agotar, incluso apurar. Éstos últimos reflejan con mayor exactitud el proceso de la vida, algo que se va consumiendo como la cera de una vela que, cuando se acaba, se acaba la llama y surge la no luz, la no vida. El hombre ha necesitado, sin embargo, poner nombre a lo que no es, y lo ha denominado oscuridad o muerte (pero, eso sí, como una dimensión especial de la luz y de la vida «eternas»). Eso lo ha hecho desde la vida, como un intento de darle un sentido propio a la ausencia, porque el hombre siempre se ha manejado mal con la ausencia, la pérdida, la falta de. Prefiere darles un nombre que les recuerde a su contrario, una forma de seguir teniendo luz, seguir viviendo. Primero estaba la nada (la ausencia de ser), después la vida, la presencia temporal. Y cuando ésta deja de serlo, el hombre no lo llama la nada que estaba en el origen. Y lo mismo hace con los conceptos de luz y de oscuridad.
Haciendo un paréntesis a propósito de la nada, concepto discutido y discutible y en el que, por cierto, no se ponen de acuerdo los grandes filósofos, los físicos etc. les cuento una anécdota curiosa que pone de manifiesto su importancia y la creencia de que existe algo, desconocido y misterioso, en ella. Había una costumbre en mi pueblo de someter a los niños a una prueba de «ingenuidad-madurez» que consistía en ofrecerles algo con la mano vacía cerrada, con la frase: «Chiguito (niño, chaval), ven, toma nada, que no te engaño». Resulta enternecedor recordar la cara de los infantes que se acercaban a recoger la oferta de la nada… Parece que el hombre, desde que tiene conciencia, ha rechazado lo inadmisible, lo impensable, lo incompatible del no ser. ¿Acaso es una convicción arraigada, derivada e impuesta de su propio deseo? Lo cierto es que le da vida a la muerte a la que, incluso, personifica dándole un estatus de ente viviente; y llega hasta a rendirle culto. Se abren varias hipótesis para entenderlo. Una que, siendo un ser programado para la vida, no puede entender (y menos aceptar) ser desprogramado para ella, sin más; y dos, que se apoye en que lo esencial es la vida «eterna» de la sociedad o de la raza humana, siendo el individuo necesario un instante, pero después totalmente innecesario y prescindible. Claro que se barajan otras muchas hipótesis al respecto, que van desde el que solo muere una parte del hombre, el cuerpo, pero seguiría viva el alma (y aquí paz y después gloria), hasta la resurrección (de la carne, claro) y/o la reencarnación (vaya obsesión con agarrarse a otro cuerpo después de lo ocurrido…). El tema de la resurrección, tan anclado en el inconsciente colectivo en nuestros lares, sobre todo por la influencia-mandato de la religión católica, apostólica y romana, que hizo que su propio argumentario y razón de ser girase sobre la resurrección de Jesucristo (que, siendo hijo de Dios, y por tanto eterno, tenía que resucitar; una especie de contradicción en los términos o de un oxímoron teológico). Lo cierto es que la idea y creencia en ese sentido están siendo retomadas en la actualidad, pero por cuestiones que nada tienen que ver con los dogmas de la iglesia mencionada. Así, hay seres humanos, bueno, algunos especímenes, que han dictaminado que la muerte es, de momento, un asunto de pringados sin posibles. Ellos ya han dispuesto su resurrección programada en un futuro indeterminado; «con un par», sí señor. Pero la cosa no acaba ahí. Ahora resulta que, bajo el paraguas y protección de la IA generativa, avanzadísima, que está al caer, llegará un momento, nada lejano, en el que no habrá necesidad de resucitar, simplemente porque no habrá muerte («órdago a la grande, a la chica y a los pares… si hay»). Como ven, no se anda con chiquitas el hombre, que anda más crecido que nunca; aunque lo mismo que pueda ganar el órdago, igualmente se pueda pegar un «hostiazo». Ya sé que no es un asunto de ahora, ya que es viejo como el mismo mundo, pero me sigue llamando la atención la obsesión por alcanzar la transcendencia «transcendente» tratando de superar la inmanencia «inmanente». Es como la imagen de la moneda con dos caras opuestas entre sí, pero que se necesitan la una de la otra para constituir la realidad de la misma. Nada, que me pongo «en plan filosófico» para entender (bueno, para tratar de entender, inútilmente por otra parte y por definición) el misterio «misterioso», lo que separa y diferencia lo finito de lo infinito, la vida de la muerte. Otra de las «cosas que pasan» estriba en la reflexión sobre la dimensión y profundidad del concepto «memoria». Se dice que cuando se pierde la memoria, el hombre deja de ser, pierde su identidad, como si solo fuésemos memoria; o si la memoria fuese o tuviese la clave de integrar todas las cualidades y capacidades humanas. No es nada infrecuente la observación que se hace sobre el demenciado: «el pobre está tonto, se ha olvidado de todo, no sabe hacer nada, con lo que era antes; no reconoce a nadie, no tiene memoria alguna», se afirma. Y es que la memoria, además de una capacidad de la mente, transitoria y finita en el individuo, es considerada como un reservorio de los poderes de la sociedad y de la raza humana. Todo lo que se guarda en los genes, como el instinto, los tabúes, los miedos etc., es memoria del pasado, y es un tesoro muy preciado, es una joya del patrimonio inmaterial de la humanidad. Es más, tiene poderes para «la resurrección de los muertos» cuando apela a su memoria que vive después de la muerte: «in memoriam», se dice y cita. Ahí es donde reside el gran poder del mundo, en la memoria. De nuevo surgen en mi mente interrogantes curiosos, no solo de los diferentes tipos y procesos de la memoria (no me refiero a las estructuras cerebrales específicas con su cableado, conexiones neuronales y sustancias transmisoras), sino del comienzo de la misma. Se da por hecho que la memoria, en su forma de recuerdos (evocación de lo almacenado) empieza sobre los tres o cuatro años o más tarde incluso, aunque hay quien dice recordar su propio nacimiento. También hay, al parecer, quienes tienen memoria de otras lenguas distintas a la mamada. Y ya no digamos de los tabúes, mitos etc., e incluso de «caprichos contradictorios, oximorónicos» de la memoria. Así, como ejemplos: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…» «Tenía una gran memoria, así como una gran capacidad para olvidar…» Lo que no alcanza la memoria es de cuando aún éramos polvo, materia mineral de la que estamos compuestos, antes de convertirse en materia orgánica. No deja de ser llamativo, sin embargo, el recordatorio donde se advierte: «memento homo (recuerda, hombre), que eres polvo y en polvo te convertirás» cerrando así el círculo de la vida. Yo creo que eso no es solo una advertencia, sino una llamada profunda y misteriosa de la naturaleza (ésta sí que tiene una memoria prodigiosa) que nos recuerda nuestro origen. Claro que de nada servirá el recordatorio si no le haces el menor caso. Yo creo que se trata de una manifestación más de las diferentes características de la memoria, el olvido. Son cosas que pasan, claro está. «Y así pasa la vida y se llega la muerte tan callando…» que canta el poeta.
