Cizaña

Creado: 01.03.2026 | 06:00

Actualizado: 01.03.2026 | 06:00

Veamos lo que dice la RAE: Planta que crece en sembrados y es venenosa. En sentido figurado se refiere a la «enemistad, discordia o vicio que se introduce entre buenas acciones o personas». De ahí viene lo de «sembrar cizaña». Según la Biblia, la cizaña es una planta venenosa que se confunde con el trigo. Para más ampliación, ver en el Evangelio la parábola del trigo y la cizaña en el que se relata que «un hombre siembra una semilla buena en su campo y el enemigo siembra cizaña mientras todos duermen…». La alusión a la sociedad «dormida» resulta más que evidente.

No me digáis que esa definición y la famosa parábola no os lleva a pensar en personas y personajes de la vida política española, sobre todo de los últimos y penúltimos tiempos. A que sí. A mí, en particular, me viene a la cabeza un personaje, más bien personajillo, de sonrisa insulsa, impostada, estereotipada, mirada circunfleja y discurso habitualmente simplón, pero lleno de mala baba e intenciones retorcidas, preñadas de discordia la mayor parte de las veces. Como señala un famoso escritor, es peor el tonto que el malo; y ya cuando se juntan ambas dimensiones el resultado es altamente peligroso. Pues ese personaje, «alias el cizañoso» ha hecho mucho daño a España. Posteriormente, otro personaje que se las trae, viendo el rédito que la cizaña reportaba tantas ganancias y aprovechándose de ello, ha logrado el título de «cizañoso cum laude». Ya desde el principio apuntaba a lo de malo, y más tarde se ha hecho el tonto, así que se ha ganado con creces el citado título, porque el orden de los factores no altera el producto. Y lo peor es que no ha parado, ni le han parado, de sembrar cizaña desde entonces para acá. Es verdad que se emplean otros términos para describir e interpretar el lamentable estado de esta España nuestra, que está hecha en gran parte unos zorros por culpa de los cizañosos, de los referidos cabecillas y de los que han surgido o resurgido después, fruto de la planta venenosa. Términos como «polarización», «bulo», «fachosfera», «derecha extrema», «enemigos» (no adversarios o pensadores diferentes), la referencia a la «desestabilización y pérdida de las libertades más elementales a la vuelta de la esquina», «el progresismo en peligro por culpa de mentes retrógradas, cavernarias», «la mentira disfrazada con el ropaje de la verdad», etc., etc. no dejan de ser productos y subproductos de la simiente de la cizaña sembrada oportunamente (y canallescamente) en el campo de trigo de la sociedad. Es posible que ese campo de trigo, carente de herbicidas específicos, haya permitido que la cizaña haya enraizado y espigado abundantemente. No es cuestión de culpar al trigo del peligro que supone la cizaña, pero sí de alertar a los sembradores de aquel para que tengan en cuenta y reaccionen, pues lo mismo que «quien siembra vientos recoge tempestades», quien siembra cizaña pone en grave peligro la cosecha del pan de cada día. Es posible que esta plaga le haya cogido a la sociedad con el pie cambiado o en medio de un sopor bobalicón, lo que ha permitido que se haya propagado e instalado la creencia, por ejemplo, de que la corrupción galopante es apenas la de unos pocos y totalmente ajena al hacer de los cizañosos. Es más, la corrupción política en el poder se utiliza como una cortina de humo para desviar la atención de la desvergüenza política, de la verdadera cizaña que ha provocado la división, el enfrentamiento, el resurgimiento de viejas y graves rencillas, trapos sucios del pasado, odios olvidados revividos, escenarios de luchas fratricidas, la distribución asimétrica, caprichosa e injusta de la riqueza común etc., etc. El viejo proverbio de «divide y vencerás» ha sido el lema en el escudo del Gobierno actual y sigue abanderando gran parte del ideario político del partido en el poder. Y ello con la connivencia de tantos y tantos que se tapan la nariz ante el hedor de la corrupción, pero que se muestran entregados o supeditados a la causa, a la que apoyan entre pseudo compungidos y pseudo ignorantes. Algunos declaran, más o menos enfáticamente, que no están de acuerdo con la siembra de la cizaña, pero se muestran remisos a la hora de arrancarla del sembrado del trigo social. ¿Qué pasa? ¿No se atreven? ¿De qué tienen miedo? ¿Qué enjuagues tienen que hacer para intentar nadar y guardar la ropa? ¿Cuánto tiempo ha de pasar para comprender y aceptar que la gangrena no se cura con paños calientes, y menos mirando para otro lado? Hay otros, muchos, que tratan de justificar su inacción bajo la soflama (otra especie de cizaña) de que «los otros» son más corruptos y peligrosos que ellos mismos; así que todos contentos…, y aquí paz y después gloria. La cizaña ha sido lanzada también en el campo de la Justicia con la pretensión de, aunque no pueda destruirla, al menos sofocarla, confundirla, manipularla creando insidias y desconcierto en sus filas. Pruebas de ello hay más que de sobra en forma de correveidiles, fontaneros, mamporreros etc., semilla de cizaña, en suma. No me digan que no es bochornoso el espectáculo que ofrecen. Y lo mismo han hecho con los famosos «Poderes del estado y la independencia de los mismos», incluida la Monarquía. Y, a pesar de todo, el trigo aguanta. Por el momento, solo se oye, como con sordina, la denuncia, el rechazo, la exigencia al estilo de Cicerón en sus catilinarias: ¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia…?, que, en la situación actual, más parece una queja y un lamento que una posición de fuerza. Va a costar mucho esfuerzo, mucho trabajo en priorizar y defender los valores que representa el trigo con el que se hace el pan de cada día. La idea o la creencia de que una sociedad sumisa y conformista lo aguanta todo, que es por lo que pasa lo que está pasando, no debe triunfar, más bien al contrario, si esa sociedad despertase. De ello va a depender la cosecha del cereal bueno que no solamente resista el envite de la cizaña, sino que la destierre, o al menos la tenga a raya o, siguiendo la enseñanza evangélica, la destruya quemándola. En esas estamos.


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