Pero, ¡que burro eres! |
Creado: 19.02.2026 | 06:00
Actualizado: 19.02.2026 | 06:00
El reciente episodio de la espada, a la que el Museo de León le había perdido 1.200 años, sirve de ejemplo para lo que vivimos en el día a día. La tensión creciente, que lleva a los chavales a dejarse embaucar por la siempre presente tentación de la violencia. Esa que también se palpa en la falta de capacidad para la autocrítica, cuando se muerde al que nos saca las vergüenzas, y al mensajero que las pone en su sitio.
Quizá por esa incapacidad fosilizada para ver la viga en el ojo propio, para pensar que la ciencia y el conocimiento avanzan desde la opción no siempre aprovechada de asumir el error para así poder mejorar. Pero eso requiere cosas que no están al alcance de todos.
Resulta paradójico que un borbón pasará a la historia por su «por qué no te callas» a uno de los bolivarianos más insignes, y por su impagable «lo siento mucho, no volverá a ocurrir». Sí, ver para creer, que tenga que ser ejemplo de arrepentimiento público uno que heredó el cargo por el ‘color azul’ de su sangre y por la gracia de Dios...
La espada de Pallarés resulta que es romana. La época a la que asigna aquello de «recuerda que eres mortal». Y evito concretar más para no meter la pata. Por mi absoluto desconocimiento sobre el asunto, y por mi negativa a googlear este tipo de temas, para evitar ser víctima de algún ‘enterao’ sabelotodo que precise el día y la hora en la que se dijo por vez primera.
Como decía, vivimos tiempos que conjugan lo medieval con lo absolutista. Ahora, todos los que no piensan ni dicen lo que yo quiero son fascistas, en una paradigmática trampa de contradicción máxima. Incluso se aventuran a proclamar que se deben ilegalizar ideas y partidos. Creo que eso que se propaga ahora de sacar de la sociedad el comunismo —aunque tenga récord histórico con sus 100 millones de muertos a manos de Stalin en los países del entorno— es una barbaridad que atenta contra todos los derechos y libertades. El ser humano debe poder pensar y expresar lo que quiera, incluso las mayores aberraciones. Para exhibir así su tontería y que eso sirva de efecto disuasorio a los que le escuchan. Orwell lo dejó claro en su obra, debemos temer —más que a nadie— a los que ya lo han pensado todo por nosotros.
Qué sano es mirarse cada mañana al espejo y no resistirse a exclamar un inapelable «pero, ¡qué burro eres!».