Una tribu lunática |
Creado: 12.04.2026 | 06:00
Actualizado: 12.04.2026 | 06:00
La Semana Santa discurrió entre el vaivén de las procesiones, la limonada y las torrijas, sin olvidar el bacalao y todos los ritos de una época en la que la primavera brota con esplendor, sin que al Ayuntamiento de León le importe mucho podar árboles en plena floración. Es la Pasión una semana señalada por el calendario lunar. Y este año, más que nunca, la Luna ha marcado la Semana Santa con la celebración de la Pascua —primera luna llena de la primavera— con cuatro astronautas orbitando a su alrededor en el cortejo de Artemis II con Orión.
Tres hombres y una mujer procesionaban en el espacio los máximos avances de la ciencia y la tecnología, que lo son de la humanidad, mientras en la Tierra, en el creciente fértil que es el origen de nuestra civilización, caían las bombas como demostración de que el poder no siempre, o casi nunca, equivale a sabiduría, sino a todo lo contrario. Fue emocionante seguir el periplo lunático, sin alunizaje, de la primera misión tripulada a las inmediaciones de Selene desde hace más de medio siglo. Un salto que ha costado más de cuatro mil millones de euros aunque a nadie le duelan prendas por tamaña inversión.
Esto es lo que ha costado subir y bajar en apenas diez días. Lo que costará traer de Marte o de la propia Luna los suculentos materiales, con los que nos engatusan para justificar la carrera espacial, haría explotar a cualquier calculadora terrenal.
No es que quiera cuestionar el dispendio, que la ciencia tanto celebra, máxime con dos astronautas leoneses preparados, listos, ya... para marcar nuevos hitos. Lo que a mí me reconcome es por qué la vida en la tierra escatima gastos en educación, igualdad, sanidad, servicios sociales... etc imprescindibles para mejorar la vida de las personas con razonamientos perversos. El progreso social debe acompañar al tecnológico o no hay progreso.
Desde arriba nos cuentan lo bonita que se ve la Tierra. El planeta azul iluminado como la gran estrella del universo mientras nos matamos a pepinazo limpio y somos gobernados por seres que, a poco que se les nuble la vista (y sobre todo, el ego), son capaces de apretar el botón nuclear.
El mundo está tan mal que hasta me he reconciliado con las procesiones. Claro que no he de practicar el 'atajismo' para volver a casa y cualquier rincón de la provincia, y especialmente mi pueblo, Villaornate, y Cabrera, me sirve para procesionar por la belleza.
Papones y paponas, donde pueden y las dejan, con esa displicencia que practican la iglesia y los obispos, bandas de música y pasos mecidos con las devociones más diversas son signos de la necesidad humana de pertenecer a una tribu. Sentir el calor humano, la camaradería, la amistad, la alegría de vivir... Volver a ser tribu, cuidarse, es el paso que necesita dar el mundo para avanzar socialmente, dejando atrás el espejismo del crecimiento infinito y la milonga de que habrá recursos para la eternidad en el espacio. Ser tribu es sentir el beneficio de lo común. Una tribu lunática, sí, pero con futuro.