Situación mísera y precaria
Creado: 06.04.2026 | 07:51
Actualizado: 06.04.2026 | 07:56
Considerado uno de los publicistas más prestigiosos del mundo, Marcus Collins dice que «en un mundo polarizado, el centro es el lugar más arriesgado para quedarse: es donde están quienes no hacen nada». Es una buena explicación para saber por qué tantos lo buscan con tanto ahínco. De ahí que, en nuestro caso, sean muchos los que definen nuestra política como un redil de sumisos, «donde no te premian por hacer bien las cosas, sino por agachar las orejas». Pero a la chita callando, se adueñan de un poder y protagonismo impropios. Por ejemplo —y las realidades confirman tendencias-, parece poco digno o menos ético que líderes sindicales o políticos sin una preparación adecuada en materia sanitaria valoren currículos, trayectorias y valías profesionales. A pesar de todo, la sanidad pública sigue siendo uno de nuestros pilares más fuertes, imprescindibles, gracias a los profesionales. Contemplar la vida desde un coche oficial distorsiona la realidad. Cambiando la dirección temática, así se explica por qué se hundieron las Cajas de Ahorro o el deterioro, en buena parte, de la educación. Solo se les pide ya, a estas alturas, que no toquen demasiado los asuntos que deban estar en manos de profesionales. Porque, sobre todo, urge recuperar la creencia de que esforzarse merece la pena y el sistema siempre tiene un horizonte de mejora. Ese horizonte de mejora está frenado con frecuencia por la avaricia y la envidia, dos de nuestras cruces nacionales. Escribe Mayela Paramio Vidal en Relatos en diáspora que «este país se retrata como Lope lo hace, como Goya lo hizo, como un Saturno que devora a sus hijos más brillantes porque campa la envidia como sal en la tierra, como esa España que en el mismo vértigo exalta que defenestra a un héroe». Esta actitud pone coto y límites a una juventud que, sin duda, y como visión global, es la mejor preparada de la historia. Y aquí seguimos tendiendo a pensar que la gente joven está anestesiada. Aquí quería llegar, con la intención de recomendar la lectura de Los hijos de los boomers, de Estefanía Molina, que lleva a portada este subtítulo o aclaración: «De la muerte de la clase media al auge de una generación antisistema». La autora, periodista y politóloga, que defiende que «cada año actualizamos los números, pero no las ideas», escribe en una Nota, y es lo que deseaba subrayar: «Si hoy no hay un estallido de gente joven protestando en las calles de España por su situación vital tan mísera y precaria es porque el problema está perversamente maquillado. Sus padres, de la generación del baby boom, todavía pueden mantener a muchos de ellos en casa, ayudarles a pagar facturas o darles la entrada de un piso mediante sus pensiones o ahorros.
Sin embargo, ese mecanismo —ese aparente acto de altruismo familiar— está reventando los cimientos de nuestro estado de bienestar y nuestra democracia». Tomen nota tantos okupas de coches oficiales, de la vacuidad de ideas, de la permanencia en lo alto sin rechistar ni aportar nada más que echar palabras sin sentido al viento, sin que nadie los eche apelando a la justicia y el engaño.
«Vamos tarde —sigue Estefanía Molina-: o actuamos de inmediato o seguiremos fabricando jóvenes antisistema, ciudadanos cada vez más dependientes de un asistencialismo que rompe sus ilusiones con la misma voracidad que les empuja al nihilismo más desolador».
