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Nardo

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02.03.2026

Creado: 02.03.2026 | 06:00

Actualizado: 02.03.2026 | 06:00

Hay un dolor de invierno cuando, como parece ser, en los senderos dibujados en los paisajes cotidianos la memoria de la vida se apaga, como la luz limitada de esta estación del recogimiento, sobre todo para las almas que, como escribió Víctor Hugo, están hechas con las plumas de los pájaros, esa hermosa metáfora de la sencillez y la transparencia. Y el invierno llevó el pasado día 17 a Nardo hasta el paraíso donde residen definitivamente las almas y los trinos de los pájaros. Mayor pero vital, Leonardo Álvarez Alonso, que hace muchos años llegó desde los páramos humildes y entonces irredentos a Santa Lucía, donde ancló su vida, la propia historia y su ejemplar manera de ser y de estar en el mundo. En el espíritu de ciertas personas siempre pervive la lucidez de lo sencillo que ilumina y fortalece. Es la sabiduría que enciende la alegría del vivir. El relato de la vida misma encierra la sustancia de las verdades de la dignidad en el ejercicio diario de la cercanía alejada de cualquier brote de soberbia. Humanizar el paisaje con figuras, como él, imprescindibles. Presente siempre, como la decoración que pone aliento a las cosas. Centinela del pueblo que asumió como suyo, en justa reciprocidad, propio de las «almas claras y sin doblez», como reza el verso de Rilke. Un gran tipo siempre presente, siempre atento a los acontecimientos, siempre luz gratificante.

Si es verdad que su desaparición deja el corazón silenciosamente encogido, no lo es menos el legado que atesora como herencia. A quien traza hoy estas líneas siempre le admiró, entre tantas otras cosas, y desde la amistad siempre mantenida con mi padre, bastante mayor que él, su capacidad de elevar la broma a categoría de vida, incluso al rincón donde se fraguan las respuestas que nunca ofenden. La broma se respondía con broma, con ironía, con humor, con esa retranca especial que se adivinaba en sus ojos por encima de las gafas. O esos silencios repletos siempre de mensajes con los labios dispuestos a estallar con una gracia, una historia o una ocurrencia. Siempre, desde luego, desde la sonrisa, la amistad, la cordialidad y la palabra compartida en todo y con todos. Y es que Nardo irradiaba chorros de bondad natural, nunca impostada. ¿Cuándo —y me lo pregunto cada día— sonará la música de los sencillos de espíritu, de los cada vez más generosos arquitectos de la amistad que, como tal, nada piden a cambio?

Buen paisano Nardo, amigo, el joven que fue envejeciendo a la sombra de los ángeles imaginarios, junto al río. Y es que el alma es un ave alegre como los jilgueros que prestan sus alas. Es la metáfora, permítanme, del ciudadano del ejemplo y la compostura, del vecino amable que se convierte con el tiempo en elegancia de vida y carácter, en un verdadero lujo que ayuda a los demás a vivir con otras ilusiones. Aquí y desde ahora, ciudadano Leonardo Álvarez Alonso, al que firma le falta una referencia en tu pueblo y el mío. Y por eso servidor te echará de menos. Gracias, paisano, me cabe el honor de incorporarte a mi diccionario de los hombres ilustres e invisibles de la discreción y del encanto.


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