Estar en el lugar |
Creado: 16.03.2026 | 06:00
Actualizado: 16.03.2026 | 06:00
Dijo Alejandro de la Rosa que «triunfar es estar en el lugar en que uno quiere estar. Nada más». Uno piensa que con pequeños matices es una gran verdad en tiempos en que parte del personal pierde el culo, o el alma por los flashes o por el deseo de que muchos agachen la cerviz ante ellos. Suelen pensar estos que la democracia es cuando se contempla solo lo que a ellos les interesa, capaces de repetir las votaciones hasta que, por aburrimiento, se diga lo que ellos quieren oír. O manden, según el espíritu del artículo 14, cuya única verdad es que sigue al 13, aunque no exista. Por eso, por ejemplo, he leído —evito el nombre, por si acaso— que el jefazo socialista conduce al partido a la irrelevancia, acaso a la necesidad de refundación, y que el homónimo popular lo está llevando a la mediocridad más insignificante, carente de ideas y de un proyecto mínimamente consistente. Abundando en ideas ajenas, que de eso se trata hoy, se compartan o no, cuántos se preguntan para qué sirve el Senado donde casi trescientas señorías vegetan al ritmo de acciones impropias que pretenden sacar colores ajenos, lo que resulta prácticamente imposible porque los padres de esta patria bastante abandonada, que no sus intereses, han entrado en un profundo estado de imperturbabilidad. Acaso sirvan aquí las palabras de Upton Sinclair: «Es difícil conseguir que una persona entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda». O las de José María Merino en Yo y yo en breve: «Nunca se ha sabido tanto y nunca nos hemos sentido tan cómodos en la ignorancia».
Llevamos ya demasiado tiempo sufriendo los caprichos, la ignominia y la estupidez en serie de ese tal Trump. Demasiados asuntos que todos conocen, aunque ahora solo refiera uno, firmado por Elvira Lindo. Dice, entre otras cosas: «No hay razones para ser optimistas; sí las hay para creer que es urgente adoptar un compromiso radical para reducir el atropello. Lo significativo del presente es que la crueldad ha cobrado un protagonismo extremo. El periodista de The New Yorker David Remnic señalaba que las palabras de Trump sobre la muerte del director Rob Reiner era un escalón aún más bajo de atrocidad en su ignominioso historial. La tragedia no despertó en el presidente eso tan humano que se llama piedad; muy al contrario, hizo responsable a la víctima de su propia muerte por el hecho de que Reiner hubiera denunciado sin miedo las atrocidades trumpistas».
Vaya catadura moral la del sujeto, vaya peligro. El país teóricamente más poderoso del mundo, con fama de ser también el modelo de la democracia —muy en duda ahora—, está gobernado por un gran payaso de solemnidad, una amenaza permanente para todos, antidemocrático y dictador. Cree que el mundo es suyo y puede mover las fichas a su antojo. Y qué curioso, hay muchísimos gobernantes y dirigentes que se sonríen, lo aceptan y se someten a sus caprichos y veleidades. Recuerden, no obstante, que del dictador nadie espere otra cosa más que ser devorado el último.
Menos mal que la gran fortaleza de la literatura actual es que se ha abierto a voces antes ignoradas.