La libertad es sagrada
27 de abril 2026 - 05:50
No es la sagrada libertad, sino la libertad es sagrada. Puede parecer lo mismo, como tantas cosas parecen y no lo son, pero no lo es. Sagrado es algo relacionado con la divinidad, algo, por este motivo, digno de veneración. Pero no es divina la libertad de la que ahora hablamos, sino humana. Por esta razón decimos que la libertad, la nuestra, es sagrada, es decir: no es divina, pero no se toca. La sagrada libertad, en cambio, tendría que ver con la libertad de Dios, que es harina de otro costal.
Hay indicios varios, inequívocos e infalibles muchos de ellos, que nos ponen en alerta respecto a una tangible y próxima amenaza para la libertad, la nuestra, que, reiteramos, es sagrada, es decir: no se toca.
Lo primero que recomendamos es no confundir libertad con libertades. Estas son importantes, incluso muy importantes, la otra trascendental. Sin algunas de las primeras: libertad de culto, para salir de casa, conducir, fumar, comer carne o, por ejemplo, cagarse en la puta madre de quien lo merezca, se puede seguir adelante, es difícil, puede que muy difícil, pero se puede. Sin la otra, no. Sin la libertad sagrada, la que determina nuestra condición de humanos, no podemos seguir hacia ningún sitio porque dejamos de ser lo que somos: humanos.
Quien, en política, ostenta el poder bajo el que, ineluctablemente y de un modo u otro, todos vivimos, muy a menudo pierde el norte. No vive para otra cosa que no sea mantener el poder que tiene. Y resulta que los únicos que se lo podemos quitar somos nosotros, los ciudadanos. Por este motivo, los que caen enfebrecidos de poder se empecinan y obsesionan en hacer lo posible para que no encontrarse, nunca, en esa tesitura. Desde fuera, y con un mínimo de objetividad contemplado, se deduce y sabe que ello es una locura, pues no es eterno el poder, para nadie, pero ellos, encerrados en su mundo y atentos, sólo, a lo que los palmeros de turno les cuentan, que es, sólo, lo que los primeros quieren escuchar, sufren un cruce de cables, se les va la olla, pierden el oremus, desvarían o se vuelven majaretas -como usted prefiera, así lo diremos-, no atienden a la razón y se enquistan en un hermético caparazón enrocado, a su vez, en torre inexpugnable y blindada. Desde allí intrigan, urden y conspiran para no permitir que nuestra libertad sagrada pueda hacerles perder sin lo que no saben vivir: su poder.
Parar no ir directamente contra nuestra libertad sagrada, lo que podría provocar altercados y rebelión, nos irán quitando libertades, de esas de las que hemos dicho se puede, aunque sea a regañadientes, prescindir, ellos lo saben. Para lograrlo primero han de sembrar el desorden, la inseguridad y un asomo de caos; inventar luego un enemigo, para tapar su culpa, pues son ellos los únicos responsables; y después, en orden a restaurar el orden -permita la oportuna redundancia-, la convivencia y la libertad, que ellos mismos nos han quitado, imponer restricciones, limitar derechos, restringir autonomía y coartar libertades. Todo un plan estratégico, puesto ya muchas veces en práctica a lo largo y estrecho de nuestra Historia, con excelentes resultados para quien perpetró el atentado.
Cuando esto empieza a suceder, tenemos que ser conscientes de lo que está comenzando a ocurrir. Ser libre implica, antes que nada, saber que se es libre, para así actuar en consecuencia. No hay esclavitud -que es la ausencia total de la libertad sagrada- peor que la del esclavo que no sabe que lo es y por ello se piensa libre. Si se llega a esta circunstancia, salir de ella, cambiarla -diría Ortega- es casi un imposible, pues es mucho más fácil engañar al común de los humanos que convencerle de que ha sido engañado.
La razón es la facultad, esencial, universal y necesaria que confiere al ser humano la condición que lo califica. Si no hacemos uso exhaustivo de ella -de la razón- seremos pasto asequible de roedores y presa fácil de depredadores. Para evitar que esto suceda, impedir que nos priven de nuestra libertad sagrada, para ser lo que hemos venido a ser, libres, es necesario ampliar conocimientos, indispensable recurrir al entendimiento, ineludible pensar por uno mismo, e imprescindible apoyarnos y servirnos de la razón.
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