La fábrica de recuerdos
20 de abril 2026 - 05:27
¿Qué somos si no? Somos, en parte importante, lo que recordamos. Sin memoria no tendríamos constancia de nuestro existir. El instante que acabase de ocurrir desaparecería entonces en las tinieblas del olvido, el presente sería el pasado y también el futuro. Puede que sea esta una realidad cierta, una de tantas realidades que no creemos reales, ignorada, pero no por eso menos auténtica, a causa de la capacidad que nos regala nuestra memoria para fabricar recuerdos de momentos vividos, empujándonos a pensar que la que conocemos es la única que es.
Al vivir engendramos el recuerdo que nos hará saber que estamos vivos, si no somos conscientes de esta conciencia sería como si no tuviéramos existencia, no tal y como la conocemos. Puede que morir sea, pues, perder esa capacidad: la de tener conciencia de nuestra memoria.
No es difícil entonces deducir lo trascendente de medir nuestros tiempos, no en horas, días o años, sino en recuerdos. Las horas pueden parecer iguales, los días monótonos, podemos confundir el crepúsculo con el alba, la luz que se va con la que nace, pero no podemos apelmazar, hasta trastocar, los recuerdos, pues de hacerlo, ya no serían recuerdos, más bien informes atadillos que alborotan la memoria.
El recuerdo nos habla de los porqués de la persona que ahora somos. El pasado en el que los hicimos fue la existencia en la que decidimos vivir y los cimientos del presente que hoy vivimos.
Dejar de fabricar recuerdos es negar posibilidades al ser que ahora somos, también constreñir el mañana en el que, cuando sea hoy, seremos. Así pensamos y por ello creemos que permitirnos vivir sin generar recuerdos sólo es sobrevivir: cumplir con las funciones vitales que nos alejan, por el momento, de la muerte, algo también -sobrevivir- al alcance de otros seres, vivos pero no racionales. Estamos, pues, convencidos de la imperiosa necesidad que tenemos para no desistir en la necesaria intención de hacer que nuestra memoria esté viva; de llenarla, hasta que sean muchedumbre, de habitantes, que son los recuerdos que la pueblan y le facultan a sentir la vida; de cederle autonomía, para que pueda, ella sola, alejar la indolencia, que mata, huir de la monotonía del gris cotidiano, que asfixia, aborrecer lo mediocre, que envilece.
Nuestra circunstancia, la que hoy nos condiciona, es consecuencia de lo que decidimos ayer, y la circunstancia que nos condicionará mañana será consecuencia de lo que decidamos hoy.
El conocer da herramientas a la razón para proceder conforme a su esencia, dando sentido a su razón -permitan la redundancia- de ser. Si, alejándonos todo lo posible de la ignorancia, es decir: aprendiendo, damos alas a nuestra facultad racional, conseguiremos habilitar, perfeccionar y optimizar la capacidad, que también nos asiste, de fabricar recuerdos. Esto, sin duda, al enriquecer la existencia que vivimos, nos hará mejorar la humanidad de nuestro ser, o sea: nos ayudará en la ingente y siempre inconclusa tarea de realizarnos como los seres humanos que somos. Por el contrario, si el acomodo fácil, la necia presunción, la desidia, el fatal engreimiento, o la inconmensurable y casi siempre presente estupidez nos arrastran hasta consentir que no seamos nosotros, sino otros, los que elijan aquello que debiéramos escoger, que sean también otros quienes fabriquen los recuerdos que enmascararán nuestras vidas -hemos de escribir 'enmascararán' y no 'adornarán' nuestras vidas, puesto que esos recuerdos 'nuestros', fabricados por otros no serían, en este triste caso, adorno sino hueca tramoya de vano cartón tratando de simular la piedra que jamás alcanzará a ser-, entonces -decíamos- además de haber perdido un rumbo que ya no podremos recuperar, habremos perdido algo mucho más relevante: la oportunidad, irrecuperable, de ser nosotros los que dibujemos la vida que viviremos.
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