Insomnio |
27 de marzo 2026 - 03:06
Cuando el insomnio decidió mudarse a su cabeza con maletas y todo, la cama dejó de ser un lugar de descanso y pasó a ser una pista de atletismo mental. Daba vueltas, saltaba pensamientos, tropezaba con recuerdos y, a punto de dormirse, su cerebro gritaba: “¡Eh! ¿Te acuerdas de aquel comentario vergonzoso de 2009?”.
Desesperado, probó de todo: contar ovejas sindicalizadas, infusiones con nombres impronunciables y música tan relajante que le ponía nervioso. Nada funcionó. Hasta que una noche, con cara de genio incomprendido, decidió sacar la bicicleta del trastero. Se puso un abrigo largo –porque de noche uno siempre cree que va a protagonizar una película francesa– y salió a la calle.
La ciudad nocturna era otro planeta. Reinaba un silencio tan profundo que hasta sus pensamientos hablaban en susurros. Las farolas parecían vigilantes cansadas y las avenidas vacías le daban permiso para imaginar que era el único superviviente tras una invasión extraterrestre. Pero sobre todo la noche le trasmitía paz. Era consciente de que el mundo no se paraba con la llegada de la oscuridad; y que las guerras, los malos políticos, los intereses egoístas, las injusticias, los ladrones y las traiciones, continuaban a pleno rendimiento cuando la luna sustituía al sol como el faro que ilumina al horizonte. Sabía que de noche hay tanta maldad como durante el día, pero cuando descansan tertulianos, portavoces y líderes mediáticos, el silencio sustituía a la crispación y la vida es más tranquila. De ahí que pedalear a esas horas le resultaba terapéutico. En cada esquina inventaba historias: una farola enamorada de un banco, una papelera deprimida, un semáforo que solo quería jubilarse. Miraba las ventanas encendidas y pensaba que, detrás de cada una, había otro insomne como él… o alguien viendo documentales de crímenes a las tres de la mañana.
Con el paso de las noches, la bicicleta se convirtió en su confidente. Le contaba secretos, se quejaba del mundo y hasta le daba las buenas noches. Y funcionaba: regresaba a casa tranquilo, feliz, convencido de haber encontrado el equilibrio perfecto entre locura y bienestar. Aquella noche, especialmente satisfecho, se metió en la cama con una sonrisa. Cerró los ojos, suspiró… y entonces los abrió de golpe. Estaba despierto. Eran las dos de la madrugada. La bicicleta seguía en el trastero.
Se giró lentamente y vio al insomnio sentado aplaudiendo: “Bonito paseo –dijo–. Mañana repetimos”.
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