Jerez, como la geometría de una blonda

16 de marzo 2026 - 06:00

El pensamiento es circular como los fanales de un candelabro. Quien suscribe anda metido de hoz y coz en los apremios de sus cábalas. Pateo la Alameda Cristina sin tampoco poner pies en polvorosa. La mañana no está sosegada y en calma, como en el rigor solemne de la amanecida del Jueves Santo, sino punto menos que bulliciosa. En este viernes de vísperas, esto es: de prolegómenos, al decir del recordado Pepe Pérez Raposo, los transeúntes avanzan por las aceras como en la versallesca coreografía de la contradanza. A paso quedo, pero sin pausa, como el joven diplomático que jamás hace de su capa un sayo. Como hoy -por antier-, al fin -¡esa pica en Flandes! - camino sin prisa, saludo a conocidos saboreando incluso la contención de la parada sin fonda, de la charla sin cotos y del argumentario sin exigencias del segundero. El sol cae de plano. E incluso de pleno. Mi ilusión se adorna de buganvillas. A todas las jerezanas entradas en años ahora les advierto rostros de abuelas del nieto que vestirá por primera vez la túnica de nazareno. A las que costó Dios y ayuda sacar adelante a toda la prole pero las arrugas concedieron la venia de la serenidad propia de una cofradía de barrio pisando con aplomo las primeras calles del itinerario de ida.

Hablo con Juanito Gómez de literatura cofradiera. Nos hemos parado en seco a un tiro de piedra del bar Cristina. Abundo en cómo me apasiona leer a José María Izquierdo cuando la Cuaresma se hace señora y aun señorona. La Semana Santa andaluza siempre tuvo escritores de fuste. Preguntemos, si no, a Eugenio Vega Geán y al pelotazo editorial de su siempre penúltima obra. Almuzara, sí o sí, hace las cosas como Dios manda. Un grupo de turistas, apiñados en tropel, dialogan animosamente al socaire del guía que encabeza la tampoco mermada expedición, más bien al contrario: parecen legiones de la Roma cofradiera que vienen a conquistar las Galias de este preámbulo cuya exégesis de miel de torrijas antecede a la Gloria blanquiazul del Domingo de Ramos. Pero aún resta el tempus fugit de las ceremonias de besamanos, los penúltimos ensayos, el esperado pregón de Juan Mera, la colocación de la cera, los retranqueos…

A Paloma Benítez cuento cómo la pasada semana, en el andarín transcurso de unas gestiones Sevilla intramuros, me topé de bruces, como propiciado por un cruce de senderos versificado al son de la estilográfica de Pedro Salinas -o sea: sin preverlo-, con las puertas abiertas de la capilla de San Andrés, calle Orfila 3, y ni corto ni perezoso no pude resistirme a la tentativa -y hasta quizá a la tentación- de cruzar los portalones para solazarme con los Sagrados Titulares de la Hermandad de los Panaderos a pie de suelo. ¡Qué maravilla, quilla, Sevilla! Este significativo encuentro quise comentarlo con otro autor en boga: Jesús F. Creagh. Pues bien: anteayer viernes, cuando la hora del ángelus me trajo a la memoria los sonidos de Radio Popular de finales de la década de los 70, visité la exposición de los pasos de miniatura a la vista de cualquier jerezano y no jerezano en los Claustros de Santo Domingo. Y entonces la vivencia de la contemplación se trocó en instante mágico. Y lo diminuto se hizo grande. Como la inmensidad de los pequeños detalles. Como el sonido encapsulado de un tambor de juguete. Como la diagonal de un suspiro. Como la belleza inaprensible de todo tránsito. Como el huecograbado de un paréntesis. Como el peinado en voluta de la cera rizada.

Como la síntesis de lo exacto. Como el tercer verso de la consumación. Como el guiño líquido de la renovación del tiempo. Como el punto de fusión de la caoba y la plata cofradiera. Como la sed que nunca seca la Palabra. Como la cuarta esquina del mes de marzo. Como el atisbo de un perdón con determinismo barroco.  Como el escalofrío caliente de aquella infantil bola de cera. Como el reflejo de la llama sobre el escaparate de la noche. Como la brújula rectangular del sentido de la medida. Como el paso firme de la zancada. Como el útero gótico de lo anticipado. Como la desplegada geometría de una blonda. Como el símil de la caña por (el) cetro. Como el lacónico acento de la plegaria. Como la diéresis de cuanto no ha sucedido. Como el furtivo blancor de la Luna de Nisán. Como el asomo de valentía de los marianos que se lo juegan todo a una cara. Como el bálsamo del relevo generacional. Como el terciopelo de la voz que reza por martinete. Como el almíbar de la garganta que caracolea lamentos. Como las manos del niño que sostiene una palma en la Escuela de San José… ¡Ay, esos pasitos en miniatura!

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