Salvar la Luna |
12 de abril 2026 - 03:09
Los hay que ven en la Luna una oportunidad de negocio. Por la carrera del espacio y su colonización, ya no sólo compiten Rusia y Estados Unidos, compiten los magnates Musk, Bezos y Pichai. Estos últimos quieren instalar sus centros de datos de Inteligencia Artificial para resolver la demanda masiva de energía. La Luna y Marte dejarán de ser lugares desérticos y misteriosos para convertirse en centros industriales y, quién sabe, si en destinos turísticos. Una suerte de Lejano Oeste cósmico con sus fiebres del oro, sus forajidos, sus diligencias en forma de cohetes espaciales, su justicia rápida impartida por Johnes Waynes, su leyenda. Su público descreído indagando si ese nuevo mundo tan mágico e ingrávido no es sino un gran plató de cine, un remedo de desierto de Almería de color gris colmado de cráteres.
Cuando se habla de la Luna no puedo evitar acordarme de mi madre. Siempre que la teníamos frita cuando éramos chicos amenazaba con irse a la luna en un autogiro. Esta modesta ama de casa rodeada de niños tenía, al modo de Julio Verne, una visión avanzada del cosmos y estaba dispuesta a cruzar nada menos que el espacio en un autogiro sideral con tal de que la dejáramos en paz. Claro que, también decía en los momentos en que las trastadas eran más gordas, que se iba a caer redonda al suelo. Así, redonda. Por aquel entonces yo no conocía la metáfora ni la hipérbole y me atenía al sentido literal de las palabras. Daba entre respeto y curiosidad. Supongo que de esas grandes amenazas sin sentido nace en algunos niños la rebeldía. Quizás las rarezas de Musk empezaron por una madre imaginativa que, lejos de irse a la luna, amenazaba a su hijo con lanzarlo en un cohete para poder descansar. Madres.
De la Luna me gusta su misterio. Por algo siempre ha traído locos a los poetas. Quisiera preservarla y que su lejanía fuera siempre inalcanzable. Que se mantuviera, así, testigo del paso del tiempo y de nuestras vidas. Sánchez Rosillo lo cuenta como nadie: “Luna llena que observas/ desde fuera del tiempo mi vivir en el tiempo:/ viste morir entonces al niño que habitaba, / confiado, en mi ser; luego, al adolescente/ que se rindió al hechizo de tu luz misteriosa;/ viste morir en mí al joven/ que quería ser tuyo y que te celebraba/ con fervor en sus versos. /Ahora ves a este hombre cansado que te mira/ con la emoción de siempre. Y un día, cuando vuelvas, / me buscarás en vano”.
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