Transporte antipúblico
El ansiado inicio de la nueva contrata de autobuses pasará a los anales de los servicios públicos pitiusos como el acontecimiento más caótico e impresentable vivido hasta la fecha. Los ciudadanos afectados en un primer momento por la desorganización se cuentan por cientos o tal vez miles, y los cambios implantados han distorsionado el día a día de muchos ibicencos, a veces los más vulnerables, que han perdido paradas y no encuentran soluciones viables para hacer frente a su día a día.
El sistema tarifario, asimismo, funciona según sople el viento y por un mismo trayecto un día te cobran un precio y al siguiente otro, aplicando incluso montantes diferentes en el mismo viaje si el pago se hace con tarjeta de crédito. Sorprendentemente, se penaliza a quien paga en efectivo. No digamos ya la aplicación móvil supuestamente informativa y a tiempo real, que ha generado oleadas de confusión entre los usuarios al fallar más que una escopeta de feria.
Lo peor es que no estamos exclusivamente frente a un conjunto de desajustes de funcionamiento, que se pueden acabar corrigiendo con la experiencia, sino ante cambios sustanciales en el servicio que se han producido sin previo aviso y que afectan a muchas personas. Una usuaria del barrio de Cas Serres, por ejemplo, asegura que ha desaparecido la parada donde subían y bajaban los ancianos que viven en el Hospital Residencia Asistida Cas Serres y en la Residencia Reina Sofía, muy próximos entre sí, y también los alrededor de 400 residentes de un edificio de 110 viviendas, muchos de ellos también gente mayor.
Ahora, los usuarios de dicha zona se ven obligados a desplazarse a más de doscientos metros de su parada habitual, pese a que algunos se mueven con grandes dificultades, incluso en andador o silla de ruedas, para luego no saber si pasará o no el autobús. El Jueves Santo, por ejemplo, los previstos a las 9 y a las 9.30 horas no aparecieron. Obviamente, estos cambios organizativos están afectando también a los familiares que acuden en transporte público a hacer compañía a los ingresados. Además, nadie se ha reunido con los vecinos para explicarles los cambios y tampoco han recibido información de ninguna clase. Y para colmo, toda esta gente mayor no sabe desentrañar el galimatías que implica instalarse la aplicación móvil que supuestamente informa de las líneas y los tiempos de espera, que, como ya se ha visto a través de los incontables testimonios aparecidos en los medios de comunicación, también funciona de manera desastrosa.
En Ca n’Escandell, por otra parte, se ha quitado el bus pequeño que cubría la zona y ahora sólo hay uno grande que va al aeropuerto y hace una sola parada junto a la asociación vecinal San Pablo, eliminándose las que hasta ahora existían frente a la iglesia y junto a un comercio de bicicletas, que muchos vecinos usaban incluso para ir a trabajar a la ciudad. Además de tener que caminar mucho más lejos para llegar a la parada, han perdido también el servicio del sábado y el domingo, que ha dejado de prestarse sin que nadie haya sido notificado.
Resulta inexplicable que líneas que funcionaban perfectamente y eran usadas de forma regular por los vecinos, de pronto hayan sido modificadas a peor, reduciendo las paradas y los trayectos. Las administraciones públicas están para mejorar los servicios que prestan y no para empeorarlos, generar caos y dificultar la vida a la gente. Convendría, por tanto, que todas estas líneas y paradas fueran reinstauradas sin dilación.
La desorganización de la compañía Alsa, adjudicataria del servicio para los próximos diez años por 88 millones de euros, ha alcanzado tales proporciones que los conductores ni siquiera conocen las tarifas que deben aplicar. Una usuaria que en la jornada anterior ya se había quedado tirada 45 minutos en Sant Josep porque se averió una puerta se sorprendió cuando le quisieron cobrar 2,60 euros cuando el día antes había abonado 2,20. Al final, pagó con tarjeta y le costó 1,85. O sea, tres precios distintos por el mismo viaje.
A todo ello hay que sumar retrasos injustificados, autobuses escolares desaparecidos dejando a menores tirados en las paradas, cientos de pasajeros que no han podido subir porque estaba lleno y un largo etcétera. La situación ha sido tan desastrosa que no se puede justificar con los simples ajustes que implica la puesta en marcha de una nueva concesión. Llevamos años soportando un transporte público lamentable y ahora nos encontramos con que la nueva contrata, que se nos vendió como la panacea, resulta una chapuza aún mayor. Los ibicencos pagamos muchos impuestos y nos merecemos un transporte público del siglo XXI, digno y con suficientes autobuses, frecuencias y líneas, y no uno del siglo pasado que da imagen de república bananera.
Suscríbete para seguir leyendo
