Una casa con música en Ibiza |
Un alquiler de una vivienda en ses Figueretes con tres habitaciones cuesta 2.500 euros. «¿Qué tiene la casa, música?», le preguntó un camarero a la casera con la que había contactado por teléfono al conocer el precio que pedía por el piso. «¿Se está riendo usted de mí?», le respondió la propietaria al posible inquilino. «No, la que se está riendo de mí es usted», le espetó él. «¿Quién gana 2.500 euros? Yo no», me cuenta este camarero de un bar de Ibiza mientras nos sirve un café a mí y a mis padres. Tiene menos de 50 años, es de la isla y sueña con jubilarse para irse a Granada, de donde es su mujer.
Que levante la mano en Ibiza quien no conozca a alguien que, en estos momentos, esté buscando piso. Es muy fácil hablar de la emergencia habitacional cuando ya se tiene una vivienda en propiedad. Lamentablemente, quienes tienen que resolver este problema no lo sufren en primera persona, porque, de ser así, ya se habrían tomado medidas más valientes o menos populares para evitar que Ibiza vuelva a ser noticia, año tras año, por el desalojo de poblados chabolistas.
Alguien muy cercano a mí ya ha pasado por tres casas en tres años y ahora busca la cuarta. La convivencia se hace muy difícil a ciertas edades, pero en esta isla compartir vivienda deja de ser una opción para convertirse en una obligación. A otros amigos, los propietarios les han pedido que se marchen porque necesitan la vivienda para su hijo. Han sopesado irse de la isla, una salida que muchos toman ante la asfixia que supone buscar una casa en Ibiza.
Que las empresas faciliten alojamiento a los temporeros podría aliviar la tensión del mercado inmobiliario. Que los hoteles no encuentren trabajadores es un problema privado que el sector debe resolver, y de hecho ya lo está haciendo en algunos casos al ofrecer alojamiento y empleo de forma simultánea. Pero hay otros trabajadores que también son imprescindibles para que el sistema funcione y por los que nadie vela. Viven aquí todo el año y pagan sus impuestos en la isla.
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