Los que sobramos
Andaría mi madre en sus cosas y yo, una mocosa, friéndole a preguntas imposibles. Le decía admirada que algún día, todos estaríamos tan mezclados, que no habría blancos ni negros. Que seríamos de un color así —señalando cualquier cosa— y los ojos, verdes, por ejemplo. Interrumpió mis sueños de una humanidad bellísima diciendo que no, “porque la gente prefiere juntarse con los suyos”. Pero, ¿y quiénes son los suyos?, le preguntaba yo. ¿Quiénes son los nuestros? Mientras repasaba mentalmente a los vecinos de pelo oscuro o rubios de ojos celestes, altos, bajos, gafas de culo de botella o con bigote.
Tardé poquísimo en darme cuenta de que los nuestros se acaban tan pronto como otros no nos quieren cerca. Cada vez que alguien me preguntaba de dónde era. «De verdad». Porque, ¿cómo iba a ser ibicenca si me llamaba Pilar y no Antonia o Catalina?
Y aunque me gustaría decir que esta gilipollez acabó con mi generación, un día mi hija volvió corriendo del colegio en Mallorca. Le habían preguntado unas compañeras cómo se iba a llamar su hermanito y respondió orgullosa que Óscar. Me contaba, inconsolable, que le habían dicho que eso no podía ser. Que ese nombre estaba prohibido.
Y seguimos caminando, tropezando cada tanto con las piedritas........
