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Las ‘chichiorelletes’ y la pérdida de las raíces en Ibiza

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11.04.2026

Quién me iba a decir a mí que tanta gente miraría con mente sucia mis primeras orelletes. Tenían forma de orejita, como su propio nombre indica, la masa anisada enredada sobre sí misma, como las que comía de pequeña. Se las comprábamos a un señor que vivía cerca de Sant Carles. Algunos fines de semana mi abuelo cogía el 4L y hacía la ruta de compras: conejos, sobrassades y huevos en la finca de Maria, vino payés en una casa perdida dos caminos más allí y las orelletes al señor. Haciendo una paradita obligada en lo que ahora es Can Cristòfol: «Un carajillo para el abuelo y un agua para Marta».

Yo hice mis orelletes convencida de que eran inocentes orejitas. ¡Craso error! Al parecer, no eran tan inocentes y, por más azúcar que llevaran, tenían una parte picante que yo ignoraba.

He perdido la cuenta de la gente que, en la última semana, me ha comentado lo porno que eran mis orelletes. Lejos de parecerles la parte externa del sentido del oído las miraban y no veían orejas sino labios. Y no precisamente los de la cara. Tuve que mirar varias veces las fotografías de las decenas de orelletes para entender lo que ellos veían, porque yo solo veía el dulce que me llevaba a mi infancia.

«¡Pero si las orelletes son blanditas, como un bizcocho y forma de gota con dos rayitas!», me dijo una conocida. Y ese comentario bastó para entenderlo todo. Elaborar este postre típico requiere tiempo, esfuerzo (amasar) y mañana (para darle la forma). Hace mucho que eso quedó relegado a las casas mientras que la mayoría de establecimientos optaban por formas más sencillas, de manera que, con los años, las orelletes dejaron de ser lo que eran en los mostradores de panaderías y pastelerías. Ahora mismo, hay más gente en la isla que ha conocido esa perversión de la receta original que que conozcan su aspecto y sabor original. Perdemos las raíces a velocidad de vértigo. Sin apenas darnos cuenta. Hasta que las «chichiorelletes» nos dan con la realidad en las narices.

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