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Lecciones de felicidad

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08.04.2026

Finlandia encabeza por noveno año consecutivo la lista de los países más felices del mundo. Le siguen sus vecinos nórdicos, con Costa Rica como única irrupción en el cuarto puesto. Es un dato que invita a la reflexión. Ser feliz es, probablemente, el anhelo más compartido del ser humano. No es poca cosa.

¿Qué tienen en común estos países para alzarse con tan codiciado reconocimiento? Según el World Happiness Report, organismo dependiente de Naciones Unidas encargado de realizar anualmente esta medición, influyen factores como un elevado nivel de renta, baja corrupción, gran confianza en las instituciones, alta esperanza de vida, sólido apoyo social y sistemas educativos y sanitarios públicos de calidad. Estos países también destacan por su fuerte conciencia ecológica: el sistema de reciclaje sueco, por ejemplo, recicla prácticamente el 100 % de su basura y la convierte en energía con tal eficiencia que incluso necesita importar desechos de sus países vecinos. Sueco es también el término flygskam, que significa vergüenza de volar por las altas emisiones de CO2 que generan los viajes en avión.

Se dirá, con razón, que allí hace frío. Pero han sabido compensarlo creando espacios interiores cálidos y acogedores, con un diseño funcional que ha conquistado el mundo. A esa cultura del bienestar contribuye también el concepto danés hygge, que reivindica el placer de lo cotidiano y de las pequeñas cosas en un entorno confortable.

Mantener este modelo implica asumir una elevada carga fiscal. Sin embargo, muchos ciudadanos la aceptan de buen grado a cambio de vivir en sociedades cohesionadas, con altos niveles de seguridad y confianza.

La felicidad ha sido objeto de innumerables teorías a lo largo del tiempo. El cineasta Wim Wenders expuso la suya en la película Perfect Days, ambientada en Japón. En ella retrata la vida de un hombre que trabaja limpiando váteres públicos y que, sin embargo, encuentra una serena forma de felicidad en su rutina cotidiana.

Mucho antes, el filósofo chino Confucio dejó una idea sugerente sobre el paso del tiempo: «A los 50, el hombre comprende la vida; a los 60, la pone en práctica». Es también una reivindicación de la madurez en una época que tiende a idealizar a la juventud, con sus excesos, expectativas desmedidas y no pocas frustraciones.

La actriz y cantante Marianne Faithfull fue un icono de belleza en los años sesenta y setenta, además de la pareja de Mick Jagger, el incombustible cantante de los Rolling Stones. En su madurez, ya lejos de aquella imagen, protagonizó la película Irina Palm, donde interpreta a una mujer sin formación que busca desesperadamente trabajo para pagar el tratamiento de su nieto enfermo. Acaba encontrando uno inesperado en un sex shop, donde la apariencia no cuenta y sí el buen hacer, lo que le permite triunfar y alcanzar su objetivo.

Esta historia conecta con distintas ideas filosóficas que vinculan el trabajo con la felicidad. Arthur Schopenhauer situaba esta satisfacción como un sentimiento muy íntimo resultado del trabajo bien hecho, José Ortega y Gasset lo asociaba a la vocación; y el cardiólogo Valentín Fuster propone una visión más práctica: encontrar aquello que se nos da bien.

Frente a estas miradas más individuales, el evangelio de San Mateo apunta a otra vía: tratar a los demás como nos gustaría ser tratados.

Y, para acabar, cabe decir que, si resulta útil observar a los países más felices, también lo es mirar hacia el extremo opuesto. Afganistán ocupa el último lugar del ranking, situándose como el país más desgraciado. Un lugar marcado por la pobreza, la falta de derechos —como la prohibición a las mujeres y niñas de estudiar y trabajar— y la inestabilidad. Le siguen Líbano, Lesoto, Sierra Leona o la República Democrática del Congo, donde la corrupción, la desigualdad y las guerras condicionan la vida cotidiana.

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