Mantis, almendros y el rally de Can Bonet

Como si fuera el día de la marmota, se suceden los hitos anuales en el jardín. Toca ahora la floración del almendro que plantamos hace siete años, ya vigoroso, y del pequeño que adquirimos hace uno, aún enclenque pero tupido ya de flores. Luego vendrá la época de la resurrección del melocotón, que, según le dé, unos años florece (o no) en abril y otros se hace rogar hasta junio, aunque para el verano nos da buena sombra. Entre tanto nos visitarán los zapateros para merendarse los brotes del almendro pequeño (que se coman los del grande me molesta menos porque le sobran) y del melocotonero, y en el jardín, mimetizadas, aparecerán las mantis, que espero numerosas este año porque el pasado dejaron tres ootecas (que haya visto): una en el jazmín, otra en el almendro (grande) y otra en uno de los plumbagos. Confío, además, en que las pequeñas bolitas que han crecido en el naranjo plantado hace un año se conviertan en frutos y que el jardín, allá por abril, se convierta otra vez en un complejo hábitat de lagartijas, abejas, sírfidos y avispas. Hasta ahora, cada año se ha repetido este ciclo de vida, con sutiles diferencias. Ejemplos: más o menos flores en el almendro y en el melocotonero, o aquel año en que el sol fulminó (literalmente, lo calcinó) el ciruelo (me dolió en el alma).

También espero (me llamarán pesimista) que, más allá de la frontera vegetal de nuestra casa, pocas cosas cambien y que prosiga la desidia, que es perseverante, cíclica y acumulativa. Las lianas de cables telefónicos seguirán creciendo mes a mes. Algunos, rotos hace más de un año, cuelgan a la altura de las cabezas de los transeúntes. Nadie pondrá remedio. Todo seguirá igual. También descarto que asfalten las calles, en penoso estado, impracticables, llenas de baches. Algunos vecinos, hartos, se encargan por su propia cuenta de taparlos. No es de extrañar que de este barrio, de Can Bonet, haya surgido un piloto como Toni Vingut. Tras practicar en estas calles, el Dakar debe ser poca cosa para él.

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