El mundo se reparte y nosotros miramos
Mientras en España discutimos con fervor casi litúrgico sobre procesiones de Semana Santa, nos quieren posicionar entre los admiradores de Torrente o los entusiastas del universo Almodóvar, el mundo, el de verdad, el que no espera se está reorganizando a una velocidad inquietante. Y lo está haciendo sin contar con nosotros que seguimos como meros espectadores.
En Budapest, el vicepresidente estadounidense J. D. Vance aterrizó el martes no como aliado institucional, sino como actor político directo, respaldando a Víctor Orbán en las elecciones del domingo. Tiene difícil la repetición de la victoria, aunque ha modificado las normas electorales a su antojo, pero si ocurre se puede redefinir el equilibrio europeo. El vicepresidente norteamericano no ha ido a ejercer la diplomacia, sino a intervenir en la política nacional y de paso en la europea.
Al mismo tiempo, una conversación filtrada muestra a ese mismo Orbán asegurando a Vladímir Putin que está a su servicio. Hungría, miembro de la Unión Europea, jugando un doble juego que ya ni siquiera se esfuerza en disimular. Lo relevante no es solo la anécdota, sino la arquitectura que se dibuja detrás. Porque lo que emerge es un eje de poder que conecta a Donald Trump, su vicepresidente, el Kremlin y gobiernos iliberales dentro de la propia Europa. No es una alianza formal, se disfraza de choques y negociaciones, pero en el fondo es una coalición funcional que comparte enemigos, relato y objetivos.
El enemigo es Bruselas. El relato, el de la soberanía asediada por burócratas, inmigrantes o conspiraciones externas. Nos suena mucho también en España, lo hemos venido escuchando de campaña en campaña electoral sobre las que ha cabalgado Santiago Abascal. El objetivo, mucho más profundo es el de desmontar el modelo liberal europeo desde dentro.
La cercanía de Orbán con Moscú, su desafío constante a la Unión Europea y su capacidad para convertir elecciones en plebiscitos identitarios le han convertido en un modelo para la nueva derecha internacional. Y ahora ese modelo recibe respaldo explícito desde Washington. La visita de Vance rompe una norma no escrita, de las pocas que le quedaban, Estados Unidos no interviene así explícitamente en elecciones europeas. Pero ya no estamos en ese mundo, estamos en otro en el que las reglas se reinterpretan o directamente se ignoran si estorban.
La pregunta no es si este eje existe sino por qué seguimos actuando como si no, enterrados en debates domésticos inoperantes. Porque mientras aquí seguimos mirándonos el ombligo, otros están dibujando el mapa sin contar con nosotros.
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