Entre amenazas
Vivimos instalados en una amenaza constante. Medio mundo amenaza al otro medio. Esto es un sin parar y un sinvivir. Nos quieren amargar la vida y lo que hay que hacer es no permitir que lo consigan porque, entonces, ¡aviados vamos! Tenemos, por el Este, las amenazas constantes de Putin. Otro que creyó que se comía a Ucrania en un par de días y le salió el tiro por la culata. ¡Viva el pueblo ucraniano que ni se arrodilla ni se rinde! Dan muestras constantes de su bravura que saca de quicio al zar ruso.
Por otro lado, está todo lo que acaece en Oriente. Con el régimen de los ayatolás empoderado y dispuesto a dar la batalla constantemente, sin arrugarse el ‘amamah’, sí, hombre, bueno, o mujer, ese turbante negro o blanco que llevan los ayatolás, dependiendo de si son o no son descendientes directos de Mahoma. Con Netanyahu que no cede y cuando no siembra de bombas la franja de Gaza, hace lo propio con el sur del Líbano. Contando además a Hezbolah que, no olvidemos, es un grupo terrorista cuya misión principal es matar, amén de los huties de Yemen, otro grupito de cuidado, que participó de lleno en la Revolución yemení de 2011.
Y, en sentido más global, tampoco podemos olvidar a Donald J. Trump, presidente de los Estados Unidos de América, el hombre de la guerra, el que, donde no las hay, se las inventa, el que tiende a enredar a todo el mundo para satisfacer sus caprichos, el mayor enredador de la historia y el peor presidente de los Estados Unidos, con mucho. Gracias a él y a sus megalomanías, estamos como estamos, con la cesta de la compra imposible, el petróleo por las nubes, la seguridad mundial en precario y las amenazas constantes de todos los actores de esta guerra que no recaen sobre ellos mismos, sino sobre todo bicho viviente del planeta Tierra.
Estoy harta de amenazas. Sobre todo las de Trump. Las que recaen directamente sobre España y los españoles y las que dedica a Europa, a los socios de la OTAN, al presidente francés con quien la tiene tomada y a todos los que no piensan ni actúan como él. Me gustaría que viviéramos instalados en la esperanza, pero no hay manera. En cuanto nos confiamos, llega Trump y lo desbarata todo.
Suscríbete para seguir leyendo
