Menos democracia, más guerra
El Uppsala Conflict Data Program, uno de los principales proyectos internacionales dedicados al análisis de la violencia organizada, constata desde hace más de una década y media un aumento sostenido de los conflictos armados. Los datos de 2024 apuntan a la existencia de 61 conflictos activos en 36 países, 11 guerras abiertas y alrededor de 160.000 muertes, una tendencia que durante 2025 y lo que llevamos de 2026 se ha intensificado hasta configurar un escenario en el que los conflictos no solo crecen en número, sino que se prolongan, se solapan y resultan cada vez más difíciles de cerrar.
Así, junto a focos ya consolidados como Ucrania o Gaza, se han agravado escenarios como el Sahel o Sudán, se han producido episodios de violencia entre Pakistán y Afganistán y, de forma especialmente relevante, la escalada en torno a Irán se ha convertido en el principal vector de inestabilidad, en la medida en que la intervención militar de Estados Unidos e Israel, seguida de la respuesta iraní, ha extendido sus efectos a distintos puntos de Oriente Medio y ha afectado a espacios estratégicos como el estrecho de Ormuz, con un impacto directo en la economía global. El resultado es un sistema internacional marcado por la acumulación de conflictos simultáneos, cuya novedad no reside únicamente en su número, sino en su interconexión y capacidad de propagación, lo que incrementa los riesgos de escalada y dificulta su contención.
Una evolución que se produce, además, en paralelo a un deterioro sostenido de la democracia a escala global, tal como reflejan distintos indicadores que, con matices, coinciden en el diagnóstico. Varieties of Democracy identifica un proceso prolongado de autocratización en el que los retrocesos superan a los avances, también como resultado de dinámicas de erosión institucional; Freedom House registra desde hace casi dos décadas más caídas que mejoras en derechos y libertades; y el Economist Intelligence Unit sitúa el nivel medio global en mínimos desde 2006, con una reducción de las democracias plenas y la expansión de regímenes híbridos.
En conjunto, se evidencia un cambio de tendencia en el que la calidad democrática se debilita progresivamente al tiempo que aumenta la conflictividad, una evolución coherente con una literatura académica que señala que las democracias consolidadas tienden a evitar la guerra entre sí debido a la existencia de controles institucionales y costes políticos internos, mientras que los regímenes menos democráticos operan con menos restricciones y mayor opacidad. Sin embargo, esta relación no se limita a los regímenes abiertamente autoritarios, sino que alcanza también a democracias consolidadas como Estados Unidos o Israel, donde se observan dinámicas de polarización y tensiones institucionales que debilitan esos mecanismos de contención, de modo que, a medida que se reduce el peso de la democracia en el sistema internacional, aumentan las probabilidades de recurrir a la guerra como continuación de la política.
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