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Pena de vida, pena de muerte

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07.04.2026

He querido dejar pasar unos días antes de escribir sobre la muerte de Noelia. El debate me parecía espantosamente áspero. Y a lo mejor me daba miedo lo que la gente podía pensar de lo que yo pienso: que todo el mundo debería tener el derecho a morir no ya dignamente, sino libremente. Que el suicidio evitable existe, sí; pero el inevitable también. Que se puede tener razón queriendo morir.

Claro, el eterno problema es: ¿y eso cómo se sabe y quién lo decide? Lo más sobrecogedor del caso de Noelia es que la misma administración que tanto le falló en vida haya tenido la última palabra sobre su muerte. Estremece que el Estado solo sirva para morir. Otra Noelia pudo ser posible. De ahí que hasta los que, como yo, defendemos el derecho a la eutanasia -incluso a la eutanasia sin dar explicaciones- tengamos una lacerante sensación de derrota en este caso.

Por las mismas podríamos hablar de la pena de muerte. Yo siempre he estado en contra porque, aunque no dudo de que hay reos de crímenes atroces que la merecen, cuando me pregunto quién tiene autoridad para ejecutar, me entra el vértigo. Ese vértigo que te saca de la zona de confort de la razón y te lanza a la zona cero de lo sobrehumano. En su versión más arcaica, más terrible.

Pero, ¿y si esa versión fuese a veces la verdadera? Israel aprueba la pena de muerte para los palestinos que cometan ataques terroristas contra judíos y una “modernidad” desilustrada y cínica pone el grito en el cielo. No porque amen la vida, no. De ser así, no habrían ignorado ni ignorarían las ejecuciones sumarias de los palestinos disidentes por Hamás. O a las víctimas del 7 de Octubre. Lo terrible aquí es que a unos se les disculpa que maten hasta hartarse y a otros no se les perdona que no se dejen matar. Que Israel rechace su eutanasia nacional. Ellos, a diferencia de Noelia, han elegido vivir con todo en contra. ¿Y si ese todo en contra somos nosotros? ¿Y si cada gota de sangre derramada allí es culpa nuestra?

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