El influjo de la cueva en la casa tradicional ibicenca

Mucho antes de las enseñanzas de Vitruvio, las mejores escuelas de arquitectura eran las cuevas y los árboles, omnipresentes en infinidad de paisajes. A fuerza de observarlos cara a cara durante generaciones en tiempos prehistóricos, el ser humano comenzó a imitar sus estructuras y sus formas en los primeros cobijos donde guarecerse tanto de la implacable naturaleza como de sus propios miedos; miedos similares, por cierto, a los que cada uno de nosotros se lleva de noche a su casa, por mucho que los exorcice con esa especie de loco hisopo lumínico que es el móvil, nuestro dueño y señor.

Del árbol aprendió el hombre a concebir armazones simples entrelazando ramas gruesas a las que añadir cubiertas y revestimientos vegetales ligeros, plagados de hojas. Aparecería así la choza, reforzada más tarde con barro, estiércol y una pizca de magia tribal, esa que aún tiembla en las velas encendidas de nuestras catedrales. La choza devendría luego en cabaña con el uso de troncos de madera, sin olvidar nunca la más sagrada de las lecciones del primer ‘catecismo arquitectónico’: que el tronco del árbol es la columna; las ramas, la viga; y el follaje, el techo.

Por otra parte, de las cuevas se inspiró para levantar muros de........

© Diario de Ibiza