El género bobo |
Durante siglos, la sociedad ha entendido el género como una categoría rígida y limitada a dos únicas posibilidades: hombre o mujer. Esta visión binaria ha influido en la cultura, la política, la educación, las costumbres, los roles… y hasta en la manera en que nos relacionamos cotidianamente. Sin embargo, en las últimas décadas, la conversión en torno al género ha evolucionado significativamente, abriendo espacio a identidades diversas que no encajan en ese esquema tradicional.
Hoy sabemos, y aceptamos, que el género no es únicamente una cuestión biológica, sino también una construcción social, una vivencia personal y una formación cultural. Existen personas que se identifican como no binarias, de género fluido o agénero, entre otras identidades que reflejan la riqueza y complejidad del ser humano. Reconocer esta diversidad no significa negar la existencia de hombres y mujeres, sino aceptar que la realidad es más amplia que una clasificación estricta.
En esta amplitud quiero reivindicar un término coloquial, irónico y hasta despectivo a veces, como es el género bobo. Un término transversal que nos afecta por igual tanto a hombres como a mujeres y que últimamente está muy extendido, más que nos pese y no queramos vernos reflejados en él. Este tipo de expresiones suele utilizarse en tono humorístico o crítico para referirse a actitudes y comportamientos de dudosa altura intelectual.
En unos tiempos donde todos nos creemos informados y capacitados para afrontar cualquier vicisitud, opinar de todo o dar clases magistrales sobre cualquier tema, nos parece que el género bobo está desterrado de nuestra sociedad. Nunca más lejos de la realidad. Expresiones como «eso no se le ocurre ni al que asó la manteca», «ser más tonto que Abundio» o «ser más tonto que el que vendió la moto para comprar la gasolina» nos parecen hoy en día exageradas y no lo son para nada.
Haciendo cola en una tienda de telefonía, he presenciado cómo un padre con su hijo menor de edad al lado se informaba para poner a la venta un móvil de más de mil euros y menos de dos meses de uso, para que el chaval se comprara una moto e ir a trabajar a su primer empleo. Aquel aparato fue el regalo de Reyes de varias tías y de su madre. La dependienta les informó que en esas pocas semanas transcurridas el aparato había sufrido una sustancial pérdida de valor y que se lo recomprarían siempre y cuando lo devolvieran con la caja en perfecto estado, cargador y cables originales, sin un rasguño, etcétera, etcétera, etcétera…
Más casos que ilustran la existencia del género bobo. Si os dais un paseo por el campo, no es extraño encontrarse encima de las paredes de piedra bolsas de recogida de excrementos de perros con heces. Hay que ser muy brillante para recogerlas y dejar la bolsita de plástico en la naturaleza. ¿Acaso hoy en día la caca de los perros no es biodegradable? O a lo mejor es que esas bolsas sí lo fueran. O puede que la razón sea que en aquel paraje defecan muchos canes y contaminan. Esta razón, la de la cantidad, ya la esgrimía una risueña joven en sus redes sociales para no dejar tiradas las pieles de plátano en la montaña, o para no orinar a la orilla de los caminos, no digo ya en los márgenes de los riachuelos. Ella insistía en dejar la montaña como nos la encontrábamos, que visto así, no le faltaba razón.
Ironía aparte, del género bobo es también la gente que arriesga su vida y la de otras personas cuando se pone delante de los toros para denunciar su tortura, o se encadena a las vallas en los trazados, creyendo que el animal distingue entre amigos y enemigos. Digo yo que habrá otras formas de protestar, aunque no llamen tanto la atención.
Visto lo visto, creo que hay que abogar por que den la opción del género bobo en los carnets de identidad y en las pestañas cuando complementamos formularios. A ver si de esta manera Hacienda es menos hostil en nuestra declaración de la renta, o la zona azul nos sale más barata.
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