A título póstumo
Para entender y comprender cómo es una sociedad, cómo piensa, actúa o se comporta, una buena e incisiva manera es analizar sus refranes y frases hechas. Además, como estas evolucionan al ritmo de la propia sociedad, podemos sentir su pálpito en cada momento de la historia. Y no hay idioma que no haya desarrollado tales expresiones entre su léxico. El castellano, en concreto, es riquísimo, reflejando nuestra idiosincrasia y peculiar manera de ser, entender la vida, relacionarnos entre nosotros o, simplemente, escabullirnos de las obligaciones usando la picaresca.
Yo echo mano muy a menudo de tales refranes o frases hechas, bien hablando, bien escribiendo, al igual que los escritores a lo largo de los siglos, dejándonos innumerables tesoros lingüísticos. Y es que no se puede meter más significado y saber popular en menos vocablos. Sin abusar de ellos, como con el picante en las comidas, le dan sabor y saber al texto.
Para el desarrollo de este artículo de opinión, usaré como trampolín uno muy antiguo, pero aún lleno de vigencia porque somos una sociedad, la española, muy dada a lo que voy a exponer y que no ha evolucionado en ese sentido. El refrán al que me refiero es: «A burro muerto, la cebada al rabo». Si se busca su significado, encontraremos que es inútil remediar algo cuando ya es demasiado tarde o la ocasión ha pasado. A renglón seguido, se utiliza para reprochar a quienes intentan solucionar un problema o ayudar cuando ya no es oportuno y no puede tener efecto. Y yo voy a extender su significado a los reconocimientos y homenajes tardíos, de los cuales somos expertos por estas latitudes. Admitamos que nos cuesta reconocer los méritos del prójimo; no diré que por envidia, desidia, dejadez o todo junto. La cuestión es que entregamos los premios y reconocemos los méritos demasiado tarde. Y me da lo mismo el ámbito que sea: científico, literario, político, social, artístico o musical; donde quizás sí corramos a hacernos la foto o poner un nombre a un estadio o un pabellón, sea en lo deportivo. Aquí, hasta puede que demasiado pronto.
A la memoria se me viene la entrega del Premio Cervantes 2024 a Álvaro Pombo, en abril de 2025, por su «extraordinaria personalidad creadora» y su «lírica singular» a lo largo de toda su trayectoria. Allá fue el hombre muy ilusionado, al borde de los 85 años, anciano ya, sentado en una silla de ruedas, con su gorro de lana azul marino y sin poder leer su discurso, que tuvo que hacerlo por él su amigo, el también escritor y académico, Mario Crespo. Y yo me pregunto que si con los méritos conseguidos durante su temprana y vasta carrera no habría habido un momento más prematuro para concedérselo. Puede que no, y hubo que hacerlo casi, casi, a burro muerto…
Somos así. Los de arriba y los de abajo, los de un lado y los del otro, los de más allá y los de más acá. Y en aumento, pues cada vez la sociedad es más individualista y egocéntrica. Dejaremos hasta de entregar medallas a título póstumo y de decir ‘qué bueno era’ delante del ataúd. No nos queda otra que vivir sin esperar nada, aunque algún dichoso habrá que a su muerte le pongan su nombre a una calle o pinchen sus canciones en la radio, cuando hacía años que ya no se escuchaban en las emisoras. ¡Qué gran compositor y artista era!
A ver si entendemos que cuando el burro está muerto, igual le da la cebada al rabo que en el hocico.
